No siempre está el horno para bollos, o la Magdalena para tafetanes, como tanto le gustó a mi apreciada amiga. Mi afición es más bien contemplativa y prefiero atender más al paisaje humano que al urbano. Pero a veces se te cruza en ese paisaje de personas y personajes algún espécimen que te revuelve el estómago. Fue ayer y casi coincidentes. Con los cual se produjo un efecto sinérgico, esto es, cuando uno más uno suma tres o cuatro. Veamos.
Todos tenemos vicios y virtudes, cualidades y defectos. Entre estos últimos acaudalo varios cientos y uno de los más inocentes es leer por la calle. Si compro el periódico o me alargan un gratuito, me falta tiempo para hojearlo/ojearlo pero caigo en la tentación de engancharme en alguna cosa que me llama la atención. Las cuestiones de las subprime me afectan pero no me conmueven. Las politiquerías también me afectan pero es como el ruido del tráfico, que se sabe que es un mal necesario y termina uno tragando el humo porque no le queda otro remedio. Pero salta en cualquier página algo que llama la atención y allí me embebo. No soy tan irresponsable de jugarme la vida en la calle desatendiendo mis obligaciones de peatón, pero levanto la vista y me cercioro de que puedo caminar diez o quince metros sin atropellar a nadie o pisar en blando. Cuando tengo que cruzar, localizo el paso de cebra y a él me acerco, esperando que no haya depredadores al volante.
Pero mira por donde, ayer me tocó uno. En una esquina, paso por encima de las rayas blancas y a mitad del recorrido se acerca ligerito un no tan joven que se encuentra de pronto con mi cansina figura delante de su morro. Tuvo que frenar, claro, y se ve que se asustó. Pero lo incongruente fue su reacción: tocó su claxon con furia y me espetó ‘Vete a pasear al parque’, añadiendo alguna palabra poco delicada para mis familiares. El tipo, no tan joven, repito, llevaba el chunda-chunda de la radio a todo trapo, el cigarrillo en la boca y no le vi el cinturón de seguridad cruzándole el pecho. ¿Me agacho y le ladro a todo perro que me ladre al pasar? Ignoré a semejante zoquete, que arrancó chillando rueda en cuanto se convenció que no me corneaba por los aires.
Pero unas horas más tarde, en un programa que sigo viendo en la tele, a pesar de su evidente decadencia, observo algo que me resulta también chocante cuando menos. El viejo presentador, con quien compartía frecuentemente unos kilómetros de ferrobús, cuando yo aún no cumplía los veinte y él unos pocos más, es, seguramente sigue siendo, adicto al tabaco, allá él. Durante bastante tiempo el cigarrillo le acompañaba en sus entrevistas, pero la ley antitabaco, una de las pocas cosas con las que estoy de acuerdo empezando por anti-, se lo impide ya. Ayer, porque no estaba prestándole mucha atención, levanto la cabeza y me sorprendo porque deduzco que vuelve a fumar ante la cámara. Un delgado hilo de humo azul cruza por la pantalla y lo primero que pienso es que se está jugando el tipo con su tozudez. Cuando averiguo el verdadero origen de esa columnilla de humo, casi me irrito aún más. Procede de un palito aromático que se quema encima de la rebuscada mesa. Está claro que ni entrevistador ni entrevistado están fumando, pero para ‘dar ambiente’, ese palito aromático sustituye al cigarrillo, con el mensaje subliminal de que es bueno que el humo acompañe a la conversación, de que la hace más entrañable y relajada.