viernes, 26 de octubre de 2012

(Este articulillo fue publicado en la revista CORUMBEL de La Palma del Condado, hace unos pocos meses, en la serie dedicada al quincuagésimo aniversario de la llegada de los Salesianos a dicha ciudad. Vale.)



                              ¿QUÉ FUE DE “EL CHANCELLOR”?

Hace ahora cincuenta años de aquello. Rectifico, hace cincuenta años en el momento de escribirlo, pero al llegar a sus manos, lector, serán más de cincuenta y uno. Imaginen una escena prácticamente irreproducible hoy día. Más de cien muchachos, entre los doce y los diecisiete años, entran ordenadamente en filas y en absoluto silencio en un enorme salón comedor. En silencio y con el menor ruido posible, se sientan al permitirlo una sola persona encargada y sobre una pequeña tarima, un lector en voz alta va leyendo algo que consigue estimular la atención de todos.

En voz alta y clara, matizada con un indisimulado tono de intriga, proclama: ¡“El Chancellor”! Tras una breve pausa comienza la lectura en el punto que concluyó la ocasión anterior. A veces, es preciso releer uno o dos renglones, pues a golpe de campanilla, el lector cortó inmediatamente el proceso durante alguno de los puntos más álgidos de la intriga. El Chancellor es uno más de los relatos de aventuras de Julio Verne, el autor francés que en su momento cautivó a millones de jóvenes europeos, muchas veces con relatos de viajes fantásticos, alguno de ellos no exentos de una cierta visión profética. Un barco de vela, un incendio en él, la necesidad de encallar en una isla desierta para a continuación con los restos aprovechables del gran barco, construir una barca o balsa en la que se arraciman, hambrientos y sedientos los supervivientes del desastre. Y ahí cabe toda clase de noblezas, villanías, traiciones y aventuras, manejadas con la sutileza necesaria para conseguir un in crescendo que parece acercarse a una hecatombe final, hasta que en un momento dado, alguien a bordo de la balsa descubre que el agua de mar es dulce: no están sino en el inmenso Amazonas, con lo que la aventura puede encauzarse hacia un final menos desgraciado.

Pero no quiero centrar el foco de este relato en el argumento de una de tantas novelas del francés, sino en el lector que durante días y días era elegido para con voz potente y un cierto grado de dramatismo iba leyendo el texto de la aventura. Como el resto de sus compañeros aspira a entrar en una sociedad religiosa. Debe tener diecisiete o dieciocho años, no es muy alto, de envergadura normal y en su rostro destaca una especie de fruncimiento de cejas que denota el entusiasmo con el que vibra y hace vibrar a sus oyentes. Su dicción es casi perfecta y vocaliza cada una de las expresiones, de manera que los oyentes quedan prendidos de la trama. Tiene vocación sacerdotal y algo más. Como buen extremeño, no carece de un cierto espíritu aventurero y ha manifestado en más de una ocasión su deseo de marchar a las misiones en países atrasados. Le ponen una barrera casi insalvable: es el segundo hijo de una viuda y ya su hermano mayor es misionero.

Un año después entra en el Noviciado de la Congregación, cursa a continuación tres años de Filosofía y es destinado en prácticas como clérigo docente a La Palma del Condado. El colegio salesiano palmerino es entonces en parte, Aspirantado o seminario menor. A él pues, van destinados los profesores entusiastas que pueden estimular las vocaciones. Han destacado por su preparación, por su entrega, por su ejemplaridad. Los llamados aspirantes cumplen un régimen especial de internado, por lo que disfrutan de unas cortas vacaciones de verano y parte de este lo pasan en el propio colegio, dedicados a actividades más relajadas, aunque sin faltar algo de estudio y desde luego, una disciplina que los motiva y educa para metas más difíciles.

Para mitigar en algo este régimen desde luego severo y poco comprensible en nuestros días, a estos muchachos se les programan unos días especiales de asueto que rompan con la relativa monotonía de las cuatro paredes en las que viven. Como uno de los hitos más deseados está el disfrutar de un día de playa pues el Atlántico es vecino próximo de la campiña huelvana. Viaje con canciones, normas de comportamiento tanto en la playa como en el baño refrescante, sobre todo en lo concerniente a internarse en el agua. Pero a pesar de todo, la marea y las corrientes de las distintas profundidades, la conocida resaca, tira de uno o dos chavales hasta el sitio donde no dan pie y gritan asustados, pidiendo ayuda.

Nuestro clérigo, aquel muchacho que quiso ser misionero y disfrutaba y hacía disfrutar con la lectura del Chancellor, no lo duda. Se lanza al agua y consigue rescatar a los muchachos en peligro. Pero es su vida ahora la que está en juego y pierde esa baza, la más importante, pereciendo ahogado. Siempre que visitaba el viejo cementerio de la Soledad, me quedaba unos minutos ante el nicho con su fotografía. Se llamaba Jesús Amarilla Solís. Un héroe. Para mí, un héroe del que La Palma puede sentirse orgullosa.

martes, 8 de noviembre de 2011

Postrimerías. O no.


 (*) Se despereza noviembre, recién levantado, con el sol rascándole los pies de agua. Es fiesta. Fiesta de vivos y muertos, de recuerdos y de enloquecida algarabía de disfraces. Estas calabazas redondas, con ojos y dientes –mi caasa… teléefono…- que se han impuesto a otras viejas costumbres de campanas doblando a muerto y mujeres de negro que entraban con velo en las iglesias.

No voy a hablar de un largo paseo junto al mar, donde me ha sorprendido y arrancado la sonrisa una joven madre que recupera su perfil de tierna gacela, corriendo y llevando por delante el cochecito triciclo del bebé que le ha nacido hace poco. O quizás sí deba referir que en el lomo del mar, justo encima de la línea del horizonte, cabalga hacia poniente un carguero de esos que semejan altos bloques de pisos. En la lejanía parece un trozo de ciudad que se echó a flotar. De cerca, solo será una aglomeración de contenedores que solo Dios sabe qué puedan llevar dentro. Buen viaje y buena mar, le digo bajito.

Recordándome viejos años huelvanos, una draga alivia la bocana del puerto aspirando arena –y cieno, ciertamente- y arrojándola en una playa poco concurrida. El padre sol se encargará de dorarla de nuevo, de purificarla con su calor y el viento esparcirá hasta que se volatilice, su poco agradable aroma. Allí en la ría, donde Odiel y Tinto se hacen unos solo, era la Britannia, casi un fósil de hierro renqueante y quejumbroso con chirridos de óxido, la que arrancaba el lodo del fondo y lo vomitaba en dos sucios lanchones que se alejaban cargados hacia mar más profundo.

Los veraneantes de invierno, disculpadme la paradoja, los viejos que han llegado hace poco desde sus tierras del norte de Europa, ya están como lagartos de rojas caparazones que pronto se harán cobrizas, disfrutando del sol para el que invirtieron sus ahorros. Leen libros de segunda mano, toman café en la terraza más barata y no dudan en comprarse algo de ropa usada en la tienda benéfica de ayuda a los enfermos de cáncer.

Puente. El país de los puentes y los viaductos. Solo que de ese ocio de unos pocos, cada vez menos, y de esos ancianos de pueblo que tal vez ven por primera vez el mar, sobrevive una de las pocas industrias que nos quedan.

Mi amigo, el embajador de Triana, me recibe en su sucio chiringuito donde, a pesar de los pesares, me gusta entrar solo por escucharlo un rato. Tiene a la puerta un cartel: Horario. Apertura: Cuando llega el dueño. Cierre: Cuando se tercie. No se enfada cuando le digo, Ponme el café en una taza limpia. Por la camisa entreabierta le asoman unos abrojos de abundante pelo cano. Igual que el bigote. Ambas capilosidades las conocí casi negras. También tenía mejor voz y era incansable cantando una tras otra, sevillanas que decía que había compuesto él. Tiene un abigarrado “santuario” con fotos y carteles: artistas, banderines, carteles. Pensando bien, creo que ese es el motivo por el que no limpia mucho.

Salgo de nuevo al sol y de todo esto vengo a concluir que merece la pena seguir viviendo.

(*)Ya sé, ya sé. Esta página debió publicarse a principios de mes. Pero es que últimamente el calendario y yo no nos llevamos demasiado bien. Sabed disculparme.

lunes, 17 de enero de 2011

Mañanerías

Era redonda la mañana y uno se atrevía a mirar de frente al Padre Sol, que no era más que un disco naranja difuminado, una cuarta por encima del horizonte. Redonda la mañana y rumorosa porque la autopista, no tan lejana, no cesa de enviar durante las veinticuatro horas el sordo tronar que el viento trae. Es el viento perverso que desde Centroeuropa o más arriba, cruzando el Pirineo, nos acarrea frío y partículas. Nada bueno.

Pero merecía la pena adentrarse en el olivar y me había calzado para resistir el manto blanco de la escarcha. Poco a poco se fue perdiendo el senderillo que otro caminante había marcado y tuve que hacer camino al andar, como dijo el poeta. Sabía que no estaba lejos de encontrarme una nueva barrera civilizada –ancho camino de asfalto aún no en servicio- y seguí la senda que me iba marcando un terraplén paralelo. Al descender este, casi de improviso, se asoma a mi izquierda una comunidad de orantes negros, esqueléticos, con aire torturado. Se ha ocultado un rato el sol tras la bruma que se ha hecho más densa y los ilumina una luz gris que los hace más tenebrosos. Tal vez fue visión similar la que hizo escribir a GustavoA en El Monte de las ánimas:

…el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales…


Pero no, es de día, no suena campana alguna y el sol se asoma, riendo de nuevo, para alumbrar lo que no es sino un campo de higueras descarnadas, oscurecidas por la humedad y esperando más fuerza del astro padre para revestirse de hojas suculentas y quién sabe si de higos dorados.

Antes de alcanzar esa pegajosa banda de alquitrán a la que he llamado barrera civilizada, aún me queda por desplegar una sonrisa. Es un frutalillo, no sé si manzano o pruno –por lo violáceo- ciruelo o algún otro, el que se ha revestido de blanco encaje de flores a lo largo de sus jóvenes ramas y parece una diosa hindú de múltiples brazos, vestida de gitana y levantando todos esos brazos a un tiempo hasta alcanzar con sus dedos los invisibles farolillos de la luz que ya revienta.

Junto al arroyo me esperan las múltiples voces de los pájaros que le cantan al nuevo día: distingo a los diminutos chamarices, a los desvergonzados gorriones, a los mirlos eclesiásticos y con tanta o menos vergüenza, pero sé que ha de haber jilgueros, currucas, carbonerillos y tantos otros, que daría mucho por poderlos reconocer. No está la garza en su torre-olivo desde donde se proclama reina de este rincón de fauna menor. Las pollitas de agua picotean por las orillas como mansas muchachas de pueblo que estuvieran tendiendo ropitas de niño recién lavadas. De pronto desde la laguna vuela veloz la collera de patos, como una doble flecha asustada, porque distingo, más claro y de nuevo, el ¡pum!... ¡pum!... que ya percibí en la lejanía y que supongo que es un matasilencios, o sea un humano de minicerebro que aprovecha la mañana dominguera para jugar con una maquinita de lanzar platos e intentar romperlos con su escopeta que Satanás confunda. Pero ni siquiera esto va a conseguir romperme el fanal transparente de una mañana que ya se está haciendo mozuela.

jueves, 13 de enero de 2011

Menudencia

Antes de que el sol se asome, ya va con su bastón –un varetón muy bien apañado de olivo, que dice que fue de su abuelo, y puede ser verdad-, su gorrilla y sus ojos casi inútiles, calle arriba camino del bar. Se para en la puerta, como si fuera a reconocer a todos y cada uno de los arrimados a la barra y con su voz afillada da unos buenos días que casi nadie contesta.

Esta ha sido la voz de mando para que alguno de los que atienden el mostrador le ponga un vasito, medio de güisqui, siempre de la misma marca y un vaso de agua fría. Él pone de agua hasta el borde el vasillo, lo levanta ceremoniosamente y glu, glu, glu, se lo encaloma de un tirón. Termina con una onomatopeya que soy incapaz de repetir, da un golpe respetable con el culo del vaso en el mostrador y se impacienta si no acuden pronto a recargarle su vidrio. Repite la faena del llenado con agua fría y esta vez ya lo va apurando a sorbitos, mirando –repito, que casi no ve- a uno y otro lado por si reconoce a alguien por la voz y pegar la hebra con el tal.

Debe medir sobre el uno sesenta, pesar poco más de cincuenta kilos y su fondo de armario es tan reducido que da la impresión, solo la impresión, de que se cambia de ropa menos que una almeja. Se le ve siempre afeitado y bien lavado, huele a su poquito de colonia de garrafa, por lo que estar a su lado no es ningún problema. No suele participar en la conversación de los tres o cuatro puntos fijos que, unos sentados y otros de pie, suelen despellejar a todo bicho viviente, del rey abajo. Eso sí, de cuando en cuando masculla algo ininteligible que no sabe si corrobora las maledicencias de los tertulianos o es que pone a estos de ropa de pascua.

Si consigue enganchar a alguien para hacer una pequeña tertulia, le habla algo del tiempo, inmediatamente pregunta porque prefiere escuchar a hablar y si no encarrucha una conversa, saca cuidadosamente un pañuelillo amarrado, lo desamarra con parsimonia, cuenta más con el tacto que con la vista las monedas y tras depositar en el mostrador la cifra exacta, relía el pañuelillo, que este sí, es de color indefinido por culpa de manoseo. El bastón que ha tenido colgado todo el tiempo del brazo pasa a su posición de ataque, digo, de caminar y con un ¡Señores, aquí no ha pasao ná! que repite cada día, emprende el camino de la puerta. Algunas veces lo veo a la entrada del súper esperando que abra y del resto de su existencia no sé más, salvo que vive solo.

Una vez me dijo muy bajito, Tengo ochenta y tres años, pero digo que tengo ochenta y siete, pa presumir y me soltó una risilla cómplice.

lunes, 3 de mayo de 2010

Podomanía

Me llamó la atención una cuidada pedicura. Unas uñas exquisitamente perfiladas, de un vivísimo color cereza que me cautivaron. Miraba yo para abajo como tantas veces y la entrada de aquellos pies en mi campo visual me impactaron de forma muy agradable. No soy fetichista, espero no serlo, pero unos pies bonitos siempre me han llamado una atención poderosa. Unas sandalias que los manifestaban casi al desnudo los hacían aún más atractivos. El dorso del pie, de un blanco inmaculado –tras el encierro obligatorio en el calzado de invierno- se dibujaba también agradable. Incluso un levísimo juanete no afeaba su contorno. No tuve más remedio que, sin mover la cabeza lo más mínimo, elevar la mirada un poco con lo que pude admirar unos tobillos finos y armoniosos.

La situación prometía al menos un momento de disfrute estético por lo que, ahora sí, con una suave elevación del cuello seguí el contorno de aquellas piernas. Como a los pies, los pantys, los pantalones o la ropa invernal, habían sido protegidas del aire libre y con un ligero aumento del tono, con un color muy poco más tomado, se perfilaban armoniosas y bien dibujadas. Alguna venilla azulada se desdibujaba sin aparato y ello me hizo pensar que no estaba ante una jovencita. No iba a cometer pues un delito menorero si persistía en la contemplación de aquello que no había ido a buscar, sino que agradablemente había venido a hasta mí a la cotidiana fila ante la caja del supermercado.

No tenía prisa. Procuro no tener nunca prisa, lo que me agradecen mis coronarias. Así pues, sabiendo que me quedaban aún unos minutos para descargar mi cesta, me demoré intencionadamente en aquel momento, por ahora solo estético, que se me ofrecía. Una falda, o parte de un vestido, de tejido vaporoso, limitaba exactamente a la altura de las rodillas, mi campo de acción visual. Repito que visual, solo visual. Visual. Una vez más. Al continuar mi recorrido tuve que elevar un poco más el cuello y alcancé a vislumbrar una cintura que me confirmó en mi criterio de que admiraba a una mujer adulta.

Justo cuando en mi excursión exploradora iba a contemplar, la valoración vendría casi de inmediato, la calidad estética del busto y el rostro, cabellera incluida de mi, hasta entonces desconocida mujer próxima, me interrumpió una voz que me sonó familiar:

-Vaya repaso que le estás dando a Nani, jodido.

Pensé que una carcajada oportuna me libraba al menos de momento, del deber de la excusa. Era mi amigo Lucas quien me miraba sonriente mientras me alargaba una mano amistosa. Mientras la estrechaba con fuerza y afecto no pude menos que enjaretar una frase que nos dejara a los tres en buen lugar:

-Claro, tío. Es que no solo elegiste a una mujer hermosa y más joven que nosotros como compañera, sino que encima seguro que la mimas y cuidas con más esmero que a tu adorado jardín.

Y es que mi amigo, soltero hasta una edad superior a lo habitual, vivió un tiempo cerca de mí en una casita recoleta y alegre, a cuya entrada había un jardincillo que él tenía convertido en un primor. Dos o tres palmeras de coco lucían en macetones de cerámica, en un pequeño arriate crecían geranios mixtos, de formas y colores atrevidos y en la ventana colgaban unos tiestos de gitanillas que eran una alegría deslumbrante.

Después de recibir, algo avergonzado, no voy a negarlo, los dos besos que Encarna me estampó en las mejillas, le dije con toda la distancia posible de mi anterior disfrute visual, lo guapa que estaba, lo bien que sabía detener el tiempo en su figura y el gusto con que seguía arreglándose. Le quitó importancia al asunto, sabiendo yo que las mujeres siempre agradecen esos homenajes tan sinceros en mi caso y nos enredamos en los intercambios de saludos, preguntas por conocidos y familiares, salud y enfermedades, que son comunes en estos casos.

Al despedirnos, con el calor propio de una amistad de muchos años, yo no pude menos de sublimar el recuerdo de aquellos breves instantes en que una buena amiga se había convertido para mí en una enigmática aventura que había tenido un final tan cotidiano.

martes, 27 de abril de 2010

Monomando

Es un capullo integral y se lo tengo dicho mil veces. Pero los tiene tan bien puestos como el caballo de Espartero.

Empecemos por el principio. Es un hombre joven, en la proximidad de los cuarenta. Los supera por arriba. Por un compromiso genético, pienso, que no aseguro, arrastra una enfermedad circulatoria seria. No sé cuánto tiempo hace que tuvieron que amputarle el brazo izquierdo. Siendo zurdo desde siempre, desde que nació y no le contrariaron su naturaleza, como debe ser. Ignoro en qué trabajaba antes del suceso. Seguramente podía haberse convertido en uno de tantos jubilados jóvenes que no saben qué hacer con su tiempo. Arrastrando sus horas y su derrota por hogares de pensionistas o algún otro sitio poco recomendable. Y tampoco sé cómo se hizo con el puesto de trabajo que desempeña.Ni me interesa. Eligió ser útil a sí mismo y los demás. Por ello lo conocí tras la barra de un bar en uno de esos espacios que están bajo tutela administrativa. Piensen en una casa de cultura o la cantina de un instituto, qué más da.

Aún le cuesta hacer según qué cosas con la mano torpe, la única que le queda. Pero sirve cafés, tostadas, refrescos, chucherías, se mueve incansable durante mucha horas al día. Hasta tiene un artilugio de lo más artesanal que le permite tirar cañas de cerveza, sirviéndose de un pedal. Y sobre todo, sobre todo, con un sentido del humor sorprendente. Mi broma favorita es decirle “…lo que te pasa es que tienes mu poca mano izquierda…”

Pueden creerlo o no, pero cocina. No sé cómo lo hace porque la cocinilla queda oculta detrás y nunca lo he visto en plena faena, pero sé que pone unos montaditos y no tiene a nadie que los haga por él. Bueno está el Quini que le corta todo el pan por la mitad cuando llega. Pero del Quini ya les hablaré otro día.

Y no solo cocina, sino que se permite darme recetas de cocina. Suelo desayunar en mi casa por aquello de endulzar con miel, tomar fruta y detalles así, pero esto tampoco importa demasiado. Lo cierto es que una mañana, atraído por el aspecto de unos vasitos que tiene en la vitrina con mantequilla –margarina, por supuesto- foiegras y manteca colorá, no tuve más remedio que sucumbir a la tentación. Medio mollete de abajo con la manteca, más bien anaranjada que roja, que es una tentación a la vista. En el fondo de cada vasito se trasluce una zurrapa que incita a la gula. No la de pecado capital, si es que existen todavía los pecados capitales que se llaman mortales. La saboreé con esmero y me sorprendió al comprobar que era una manteca colorá laigt, si es que me permiten el contrasentido. No tuve más remedio que interesarme por la fórmula, que espero repetir sin grandes errores. Un poquito de ajo molido, de bote supongo, un puñadito de orégano, un poco de vinagre para darle chispa, otro poco de agua, pimentón dulce y una pizca del picante y manteca blanca normal y corriente. Todo mezclado en un cazo al fuego suave y removido y antes de que solidifique, verterla con cuidado sobre los dichos vasitos.

Una mañana había por allí cerca una de esas reuniones multitudinarias a primera hora y cuando terminó, una manada de lobos y lobas hambrientos se lanzó sobre su barra, normalmente desahogada que él atiende con presteza pero sin prisas. En la contracción de su gesto comprendí que aquello no era lo suyo. Que él trabaja pero no entra en sus cálculos deslomarse ante una avalancha. Como el Quini debía estar en su petanca o en otros menesteres de idéntico fundamento, mi amigo era un garicúper solo ante tanto peligro. Así que le dije que se ocupara de los cafés que yo me hacía cargo de la tostadora. En poco tiempo –esto es relativo porque había quien protestaba como si tuviera mucha prisa- despachamos a las veinte o treinta personas que iban sentándose la mar de contentas a darle a la mandíbula. El comercio y el bebercio, dos de las grandes fuerzas que mueven al mundo. La otra también es muy conocida, pero no es el momento de detallarla. Él sí se dio cuenta de que yo había tenido que utilizar algunos platos ya usados pero ‘casi’ limpios, porque la vajilla no es demasiado abundosa.

Al día siguiente, casi no me había terminado de servir el café cuando me dijo “saca el monedero, a ver si te vas a creer que porque ayer preparaste un par de tostadas, aquí se toma el café gratis”. Su media sonrisa maliciosa y su tono de chufla de tantas veces era su forma de darme las gracias.

lunes, 19 de abril de 2010

Verbalísima

La conocí cuando era un ángel pinturero que casi estaba empezando a caminar. Ya sabemos que los ángeles no tienen sexo. En todo caso no es este el sitio de discutirlo. Luego supe de sus fiebres, de sus caídas con o sin herida, de su primer rechazo al colegio –ella, mimada por unos padres algo mayores y dos hermanos talluditos que la tenían como un juguete maravilloso- y luego de su liderazgo en las aulas y en los patios. Sabía del arte de la seducción desde el parvulario y su zalamería verdadera y no fingida conseguía que hasta los árboles y las nubes la obedecieran.

Atravesó luego la edad más complicada, ese complejo de invencibilidad de los adolescentes, en que la perdí un poco de vista. Quizás le costaba algo más saludar por la calle, sobre todo si iba acompañada, o incluso rodeada por dos o más admiradores. Aquel angelote gracioso se convirtió en una gentil mozuela, luego en una flor primorosa, después en una muchacha deslumbrante hasta llegar a lo que nuestros padres –tal vez yo también, en una expresión algo machista- llamaban una mujer de bandera.

El tiempo y la distancia me alejaron de ella. A mi regreso era una madre joven y guapísima, que había formado pareja con un chaval estupendo al que también conocía yo desde niño. La vi con la belleza que irradia la maternidad y me enseñaba a su primer bebé como si me entregara un nombramiento de abuelo de adopción. Luego, cuando la encontraba en cualquier sitio, con la verbosidad divertida que siempre la ha caracterizado, me explicaba todo lo que se le venía a los labios. Desde la enfermedad de su padre, el negocio de su hermano, los inevitables choques con la familia política –horror, qué palabro-, los avances de su niño, su próximo vestido de flamenca o lo que ese día tenía pensado de menú familiar.

Tras un tiempo sin verla, me la crucé estando embarazada de nuevo. No recuerdo bien si tuve que detenerla para que no me detallara excesivos datos de su vida íntima. Encontrarla era como percibir el canto de diez ruiseñores o maravillarse ante una rosaleda florida. Sin embargo yo algo sabía de sus problemas de distintos matices. Los que más tarde o más pronto llaman a todas las puertas y se instalan como huéspedes inevitables. Ella misma me dijo que lloraba en soledad y que había noches sin sueño y amaneceres de tristeza. Pero también me confirmó que se bastaba y se sobraba para arrinconarlos en el sotanillo de la vida y poder mostrar ante los demás solo la faz animosa y desenfadada de su alegría.

Casi me tropiezo hoy con ella al volver una esquina. “¡Don Pedro!”, me grita como si me llamara de una banda a otra de un campo de fútbol. No hay que ser psicólogo, psicoanalista o similar para entender que ese grito era la manifestación de su gozo al verme, trompeteado por su extroversión tan conocida. Casi zarandeándome me estampa dos sonoros besos que han debido oírse en la República Argentina, no en la avenida sino en la nación hermana del Cono Sur. En broma le reprocho que ese tratamiento lo abandoné en el momento de cobrar la primera paguita de jubileta. Naturalmente me tutea como lo ha hecho siempre y enseguida me ametralla con su verborrea, incluso contándome cosas que ya me ha detallado otras veces. “¿No sabes que tengo otro niño? Pero no del Juanito, sino de mi pareja actual”. Le recuerdo que nos saludamos no hace tanto tiempo y que ya le dije lo bien que le sentaba la futura maternidad. Como sé que no hay forma de callarla durante los próximos diez minutos, mientras la escucho me detengo en la contemplación de esta criatura a la que conocí bebé y es ahora una deslumbrante mujer joven.

Un dietista desnortado le achacaría diez kilos por encima de esos pesos estándar, rutinarios y exigentes, pero los sostiene tan perfectamente distribuidos que a una balanza sabia habría que corregirle sus desvaríos. Sus ojos siguen tan azules como los lagos del norte, esos que se hielan la mitad del año. Conserva su piel de niña, blanca y casi translúcida donde garabatean delicadas venillas azules. Su hermosa cabellera de morena clara sé que no necesita mucho para lucir ese rizado que heredó de su padre y que también adorna a sus hermanos. Tose un par de veces y me intercala su disculpa y su promesa de que va a dejar de fumar. La misma que sé que no va a cumplir porque le gusta y aún no le ha hecho daño suficiente. No sé si es que estamos debajo de un naranjo en flor o es que se desprende de ella ese perfume suave y armonioso en el que me siento envuelto.

“Ay, que esos churros os los vais a comer helados”, me dice –hasta ahora tal vez no se ha fijado en mi carga dominguera- mientras se medio aturrulla terminando de contarme la historieta en que anda enredada y se despide de mí con una sonrisa que me hace parpadear como si hubiera encendido un pequeño sol para mí solo y vuelve a estamparme sus besos sonoros en mis mejillas de viejo al que ha hecho feliz todo este rato.