jueves, 25 de diciembre de 2008

25 de diciembre

Hola amig@s.

No está olvidado este blog, sino relegado a un segundo plano pues hay por ahí asuntillos que me tienen muy absorbido el tiempo... y las ganas de muchas cosas.

No obstante no puedo, ni quiero, aunque yo no comparta demasiado este ambiente de comilonas, de obligación de ser felices y de consumir como sea, con la que está cayendo; digo que no dejo pasar estas fiestas de amistad, de familia, de encuentros sin dejaros aquí mis deseos de que disfruteis estas fiestas en el mejor de los ambientes posibles. Que las compartais con las personas queridas y el recuerdo amable de los ausentes. Y que el próximo año, aunque lo pinten feo y peludo, permita también buenos momentos y si es posible, alguna dicha y alegría.

Con mi abrazo para tod@s y mi afecto sincero. PEDRO

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Marejada

Hace un tiempo solo pasan por esta mi esquina, que lo es vuestra, más recuerdos de gente ida que personajes en movimiento. Tal vez sea el otoño que se anuncia, la luz que va perdiendo su plenitud, las tardes que caen con mayor rapidez en la penumbra nocturna o simplemente que estando yo próximo a mi otoño vital, si es que no ando de patas en él, pasan los días teñidos de los colores del ocaso.

Una y otra vez, aquí frente al mar, es el recuerdo de Angelito el que se pasea con frecuencia. Ángel, setenta y tantos, tomó una mañana conmigo su copa de anís del Mono, montó en su vespino –‘adiós, hormiga atómica’, lo despedí como tantas veces- y salió en busca de su patera, la lancha le decía él, no sé si a calar el arte o a retirarlo. Era enero, un enero crudo y duro. Hacía viento racheado del nordeste y mi última palabra fue ‘cuídate’.

A la mañana siguiente, León, Leonardo en la partida de bautismo, me dio la triste noticia. ‘Ya no podrás invitar a más copas a Angelito. La que le pagaste ayer fue la última de su vida’.

El resto de la narración fue simple. Envuelto en su anorak heredado del hijo, pian, pianito llegó en su moto a casa. Cargó el pequeño motor fueraborda en la caja de fruta que siempre usaba como transportín. Llegó a dónde solía dejar su lancha. Con ayuda de algún muchacho de la playa colocó el motorcillo y, juntos, intentaron meter la barca en el mar.

La rompiente nacía con fuerza a más cuarenta brazas de la playa. No era fácil superarla y tras varios intentos en vano, el chaval le aconsejó, ‘Ángel, mejor lo dejas para más tarde, a ver si con la marea amaina el traqueo’.

Conociéndolo, Ángel debió decirle de ‘maricón’ para arriba, pues su repertorio de tacos era extenso y variado. Dijo que al calamento solo le quedaban ya tres piezas y que el temporal se las iba a llevar sin remedio. Fue inútil convencerle. Ya solo, setenta y tantos, no lo olvidemos, volvió a enfrentarse al mar.

Al primer envite, a los pocos pasos, dejó de empujar la paterilla, y se llevó una mano al pecho. Pocos momentos después, se derrumbó sobre el agua. Por muy pronto que acudieran a sacarlo, siempre sería ya tarde. El corazón le había estallado como una costura mal cosida. Allí mismo en la arena, alguien que tenía idea, le aplicó masaje cardíaco, intentó el boca a boca. Pero el resorte que tendría que hacerlo latir estaba roto como un viejo trozo de cabo, manchado de brea. Tardaron poco en cerrarle los ojos claros y taparle la cara con algún trozo de tela.

Había congeniado conmigo en varios años coincidiendo en la misma barra del bar madrugador, donde yo tomaba un par de cafés después de la caminata y antes de dirigirme al trabajo. Él, una o dos copas de anís, que la tercera no dejaba yo que la tomara. Los otros parroquianos me comentaban, en su ausencia, su extrañeza de nuestras charlas, pues era, decían, hombre de pocas palabras. Incluso alguien me advirtió de que era un poco bicho y solía despellejar con la lengua a conocidos y transeúntes.

Nombraba a la guardia Civil como ‘los cornúos’ por el tricornio ‘de dos picos’ que usaban antes. Echaba pestes de los grandes mercantes que con poca tripulación se cruzaba en alta mar y decía que con el piloto automático puesto, te arrollaban y ni se enteraban. Maldecía de sus compañeros que calaban en zonas próximas a él. Hasta de sus hijos renegaba porque según decía, ninguno había tenido c… para ser hombre de mar mientras él, analfabeto, había llegado a pilotar barcos grandes por Dakar o Casablanca.

Pero tenía una fibra delicada que yo tañía con tacto y cariño: pasó unos años de juventud por Huelva, novia incluida y cuando, a mi reclamo, evocaba aquellos tiempos, su costra de sal, requemada por el sol y las desgracias, dejaba paso a un corazón con pintas de romanticismo, que me mostraba casi al desnudo. Me contabas andanzas por aquellas playas, noches de mar y cantes, borracheras con vino de mi tierra y como lo máximo, se prodigaba en unas cuantas sonrisas de medio lado, que era lo más con que conseguía expresar que se sentía a gusto en aquellas charlas.

Llegué tarde a su entierro y toda la comitiva del duelo había desaparecido. Allí, una placa de hormigón cegando la boca del nicho entre él y yo, tuvimos el último rato de charla. Seguía soplando duro el nordeste y su voz me llegaba muy apagada. Tan tenue que desaparecía por momentos. Agachaba yo la cabeza y la oía mejor dejándola hablar dentro de mi pecho.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Esperador

De niños, hace cincuenta y tantos tacos de almanaque, éramos crueles con los gorriones. Tirachinas, escopeta de balines, pedradas a los nidos. Blandos con las golondrinas. La canción decía que desclavaron espinas de la frente de Cristo. Eran golondrinas verdaderas, con su blanco pecho que veíamos desde abajo y su frente y barba como dos rubíes y sus alas como flechas negras. En las ciudades grandes había más bien vencejos, más grises y chillones.

Cuando salíamos al campo con alguien mayor nos ilustraban con los nombres de los pájaros que veíamos. Nombres que cambian según regiones o comarcas. Zorzales, trigueros, estorninos, cogujadas –que en mi pueblo nombran ‘cujá’ en singular y ‘cujales’ en plural- pipitas –allí ‘pipiticas’- mirlos, grajillas, codornices, tórtolas o palomas torcaces –‘torcales’-.

Luego estaban los pajarillos de jaula. Los canarios, jilgueros, verdones, mixtos de canario y jilguero, que alegraban con su canto desde los patios más señoritos a las puertas de las humildes tiendecillas o las covachas de los zapateros remendones.

Por último, pero ocupando lugar de honor, las aves que venían en los libros, que protagonizaban poesías, canciones o prestaban su porte a blasones y escudos. La alondra, el ruiseñor, el halcón, el águila. Sí nos era familiar el milano que planeaba suave y a quien le atribuíamos escasa inteligencia.

En todo caso, salvo gorriones, golondrinas y los tristes prisioneros de las jaulas, pocos más eran los pájaros que convivían en el pueblo o la ciudad. Tal vez conocedores del poco respeto y la depredación a que se exponían.

Sin embargo hoy, el campo se ha convertido en una trampa con venenos en forma de pesticidas. Los insectos, las plagas, disminuyen en bien de la agricultura, pero en detrimento de la alimentación de estos pequeños seres, alegres en sus vuelos, que ven mermados sus nichos alimentarios.

Los ¿más osados? han decidido vivir cerca del hombre, que ya no es su depredador y se ha convertido en un casi amigo. En los parques, en los pequeños jardines o plazas ya no solo se ven gorriones o palomas. Ahora las pipitas se pasean haciendo reverencias con sus patas imposibles, con sus largas colas. Los mirlos caminan inclinados hacia delante como sacristanes antiguos. En el patio de un colegio, cuando aún estaba vacío vi no hace mucho una collera de urracas, como discutiendo si llevarse algo brillante a su nido.

Por donde paseo muchos días, cerca del pueblo, incluso sobre algunos tejados, los cuervos graznan, se graznan entre ellos o disputan sitios con distintas razas de gaviotas, de pardelas.

Pero quien me tiene ganado el corazón es un pajarillo que me acompaña a veces un trecho del camino. Suele estar en el suelo buscando no sé qué, o sí lo sé, y solo cuando estoy cerca, con un pequeño vuelo se aleja unos pocos metros hasta que casi lo alcanzo de nuevo, como jugando al corre que te pillo. Otras veces busca sitios más altos, tal vez para distinguirme mejor, pero como debe pesar muy pocos gramos, se sostiene sobre un tallo de hierba o sobre cualquier alambre de una cerca.

Su plumaje es discreto pero sin renunciar a ciertos toques elegantes. Su cabeza y su capa es parda, el vientre más claro, de un cobre sin brillo, pero es su larga colita, que despliega en sus pequeños vuelos, la que muestra un suave tono anaranjado que tal vez lo convierta en presa de algún otro alado cazador.

No sé cómo se llama. Ya ando buscando algún manual de ornitología por si lo encontrara, aunque me temo que prefiero quedarme con la incógnita y no saber cómo le llaman los demás. Yo ya lo he bautizado: ‘esperador’.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Televidente

Durante bastantes años, no era muy políticamente correcto decir que uno no veía la televisión. Como mínimo eras un rarito. O un pretendido falso intelectual, un presumido, un pedante, o lo más común que te tomaran por un embustero que pasaba largas horas ante la caja tonta, tragando toda la bazofia del mundo, pero fardando de lo contrario.

Y hoy, al menos la gente joven, va por otros derroteros. Tienen sus móviles, sus ingenios audiovisuales en miniatura, sus conexiones a la red, su música mil veces repetida y cómo no, sus videojuegos.

Por fin se puede decir sin ser víctima de reojos: veo muy poco, casi nada, la televisión. Me resulta difícil encontrar un programa que me enganche. Las series las encuentro muy condicionadas por unos guionistas esforzados en aparentar naturalidad o actualidad, moviéndose dentro de esquemas repetidos. Nunca fui capaz, ni siquiera en tiempos de Dinastía, El pájaro espino u otros Grandes Relatos, de seguir andanzas estereotipadas y esperables. Qué decir ahora y antes de los tristes culebrones, muchos de ellos con la técnica escenográfica de un teatro de aficionados.

Los noticieros están muy repercutidos por la orientación del Gran Hermano respectivo o del Gran Ojo de turno que los controla, bien desde sectarismos políticos, bien desde el implacable espectro de sus conveniencias en nadar y guardar la ropa.

Lo triste es que más de uno, más de dos y más de tres de esos canales que se captan desde mis sintonías, se sufragan en una pequeña parte con mis impuestos, mes gusten sus contenidos o no. Me guste su orientación y bandería o no. Al menos las cadenas privadas no ocultan que sus fines, como cualquier otro negocio, son, en primer lugar, ganar dinero; y ya en segundo término, je, je, ganar el mayor dinero posible.

Puedo repetir entonces que veo poco la televisión.

Lo que no significa que no vea nunca la televisión. Vivo en un par de sitios al año y en ambos tengo un televisor de tubo de catorce pulgadas. Y uno de ellos es nada menos que un combo: trae su lector de dvd incorporado. Un lujazo. Suelo encender un par de veces al día la tele, procuro informarme de los pronósticos meteorológicos, algún programilla desenfadado y poco más.

Pero hoy estaba decidido a no perderme algo. Quizás deba decir primero que por distintas razones fui objetor de la Expo 92, viviendo a pocos kilómetros de Sevilla y no la pisé. Por ampliación, ignoré del todo, aunque no fuera nunca mi debilidad, la cosa de los juegos olímpicos de Barcelona. Uno de los motivos era –y admito que se me acuse de pesetero- porque en ambos eventos, mucho listillo llenó su cartera, repito, con el cruento sacrificio de mis impuestos.

Sin embargo hoy sabía que había un espectáculo que no me podía perder. Algo he leído y oído de los juegos de Beijing 2008, que terminaron no hace mucho. Sé por ejemplo que tipos ya millonarios se han subido a esos podios, sostenidos por el afán de lucro sobre todo de marcas y patrocinios. Me ha importado poco y no he vibrado porque me he enterado tarde, mal, o no me he enterado de las medallitas de colores que hayan podido ganar los participantes españoles. No soy muy patriota.

Pero repito, hoy he gozado durante un buen rato con un espectáculo fascinante: la apertura de los Juegos Paralímpicos. He visto a una mujer ciega dirigirse a todos los espectadores del mundo. He visto la antorcha sobre sillas de ruedas, portada por un hombre con prótesis en las piernas, o con un solo brazo u otra mujer portándola en una mano, mientas su perro le hacía de lazarillo. Y he visto en fin, el esfuerzo increíble de un verdadero atleta, que en su silla de ruedas se izaba como un titán, escalando una cuerda que le ha llevado a encender la gran llama.

Hoy creo que por fin he amortizado el pequeño televisor en que lo veía.

sábado, 30 de agosto de 2008

Discapacidades

'Me parece que eso está ya bastante lijado', le digo. 'No. Es que el maestro nos ha dicho que no tiene que quedar nada del antiguo barniz', chapurreó un poco con su lengua no demasiado fácil. '¿Ve usted -continuó- aquí hay del viejo'. Si les digo que además de una pronunciación algo dificultosa, habla un gallego algo cerrado, comprenderán que la transcripción que acabo de hacer puede que no sea exacta del todo.

Debe tener veintipocos. Es alto y fuertote. Quizás le sobren algunos kilos, pero yo me lo imagino disfrutando de un plato bien servido y abundante o encalomándose un trozo de empanada para tres. Usa unas gafas que no están nada de moda, pero también pienso que él las quiere para ver mejor, no para ser un guaperas. Algo que le debe traer al fresco. Su expresión corporal, su lenguaje, su forma de enfrentar la vida, pueden ser la de un niño de cinco o seis años. Me lo imagino disfrutando lo suyo ante unos dibujos animados. Tal vez los 'simpsons' de quien me imagino que pilla las trapacerías de Bart o los eructos de Homer cuando le ha dado en exceso a la cervecita, sin dilucidar la crítica corrosiva de algunas frases.

Mi primer contacto con el grupo fue por separado, valga la paradoja. Dos chicas, una con síndrome de Down y otra con un evidente retraso intelectual andaban de jardinería. A la entrada del pueblo hay un pequeño jardincillo y una iba armada de unas tijeras de podar a dos manos y la otra cargaba y manejaba una desbrozadora de gasolina que debía pesar sus buenos kilos. Seguían las instrucciones de un viejo monitor, ¿jubilado?, que le indicaba a una qué forma debía darle a un ciprés con la tijera y a la otra le decía de vez en cuando dónde debía apurar más la yerba que crece espontánea.

Pronto me di cuenta de que debían pertenecer a algún tipo de taller o escuela de los que dan trabajo a personas discapacitadas. Hasta que pasé por la puerta de su centro de formación y/o ocupación. Se llamaba más o menos como he dicho: escuela o taller de empleo, eso sí, respaldada por la autoridad municipal. Deben ser entre doce y quince 'alumnos'. Todos presentan déficits muy evidentes que no es preciso ser un sabio doctor para determinar. Hay dos o tres síndromes de Down, un deficiente visual profundo a juzgar por los culos de vaso que utiliza como lentes, tal vez dos o tres sordos y, claro está, ese cajón de sastre donde se incluyen las parálisis cerebrales o como les llamen ahora los libros, que en esto hay también mucha moda, para no pecar de lo políticamente incorrecto.

Pero volvamos al chaval de la lija. El centro del pueblo es una larga carretera, recta como un huso, a la que le calculo kilómetro y medio por lo menos. Se proyectó con eficiencia y es ancha, de manera que da para amplias aceras y en algunos sitios, para pequeños jardines que dan sombra, verde y alegría. Hay no pocos bancos, hierro y madera, que invitan a la pausa, si el trayecto se hace largo o dificultoso. Estos días han comenzado por una punta y han terminado varios días después por la otra. Esto me ha permitido pasar revista al grueso de la tropa.

Serán unos doce o quince, ya lo dije, cada uno con su minusvalía, que primero provistos de lija y cepillo, han eliminado los restos del último barniz que recibieron esos asientos. Trabajan pausadamente, sin competencia ni capataz que los arengue. Sí hay uno o dos monitores que les hacen indicaciones oportunas, e incluso les dan un 'toquecillo' de ánimo cuando a alguno se le instala la pereza en el cuerpo. Luego con sus latas de barniz y las instrucciones oportunas para que no manchen demasiado -en el suelo todavía se ven algunos restos, que el tiempo deshará- con sus rodillos y sus brochas han ido abrillantando ese sencillo mobiliario urbano.

Si estuvieran en sus casas tal vez fueran tristes marmolillos aburridos, comedores compulsivos o adictos a las televisiones que acorchan el espíritu. De esta manera tienen unos horarios, unas obligaciones, unos descansos -da gloria verlos entrar en un bar y saborear sus refrescos- merecidos, realizan unas obras que benefician a la comunidad y se realizan como seres humanos nacidos para el ocio pero también para ser útiles a los demás.

domingo, 24 de agosto de 2008

Prepotencias

No todas las personas que pasan por esta mi esquina son personajes que atraigan mi curiosidad y luego, mi respeto, mi admiración o mi solidaridad. O mi tolerancia, o mi indiferencia al menos. Veo a la mujer de considerable sobrepeso que, armada de escoba y recogedor de cierre mecánico, sé que se llama Elvira y poco más, apura bajo y entre los coches la basura que la máquina barredora no ha retirado. Sé que madruga, su jornada laboral empieza a las siete de la mañana ahora en el verano y cuando me siente acercarme hace una mínima pausa, levanta la cabeza y responde a mis 'buenos días'. Cuando va de recogida casi siempre mira a mi ventana, vivo en un primero, y si me divisa tras o con el cristal abierto, me dedica una sonrisa como saludo. Yo le levanto el pulgar y también le sonrío. 'Eres una campeona', le estoy transmitiendo con mi gesto. Porque sí sé que fue, que es, según dicen ellos mismos, alcohólica. Que lo son mientras vivan. Pero si ha cumplido su tarea diaria, significa que el día antes no tomó alcohol. Y creo que solo una mañana, hace unos años, faltó en su última recaída.

También pasa un alto mocetón de quien sabía pocas cosas. Que era 'niño mal de familia bien'. Que tuvo buena infancia, todas las oportunidades que muchos no tienen, que fue a la universidad tras un bachiller de tropezones y que pudo hacer la carrera universitaria que le apeteciera porque su familia podía costeársela en una de pago. Aquí o en el extranjero. Prefirió la buena vida, basada en la pereza, el derroche, el cambio de de una a otra facultad, incluso de ciudad. A los treinta y pico, previo embarazo no deseado se casó con una chica también de posibles y aprovechando que esta tiene una titulación abrieron algo así como una gestoría o asesoría u oficina de esas que igual te venden un seguro que te tramitan ciertos papeleos.

No les faltó clientela dada las buenas relaciones de ambas familias. No suelen cometer grandes pifias, pues la carga laboral y dirección en la sombra, cae sobre los hombros de un hombre algo mayor, preparado y con experiencia. A él es más fácil encontrarlo en las inmediaciones de un gimnasio o a la mesa de una terraza con una bebida larga en las manos. Viste ropa muy de marca y en vez de un maletín o similar, suele llevar los papeles que precise en una especie de mochila o bandolera tipo guerrillero o explorador de marca también muy, muy exclusiva.

Con un personaje de esta índole evito relacionarme en lo posible. Pero miren por donde, en una de esas reuniones que a veces te impone el orden doméstico más elemental, puedo decirlo claro, en una junta de comunidad de vecinos con garajes comunes, surge un problema y hay que dirimirlo entre más de una parte interesada. Ya habrán imaginado que el muchacho de quien les hablo, vestido de lo más deportiva y carísimamente, representaba a la otra parte en conflicto. Era la primera vez que lo oía hablar y lo tenía tan cerca. Desde su altura, aún sentado, miraba por encima del hombro y su cara alargada y algo caballuna, mantenía una expresión de suficiencia y superioridad todo el rato. Procuré no intercambiar con él la palabra, ya que mi misión era casi de representante silencioso y nuestro administrador era quien llevaba la voz cantante, pues de eso vive y para eso cobra.

Pero como si hubiera adivinado mi aversión interna hacia él, tal vez se me notaba aunque yo no quisiera, en cuanto tuve que pronunciar una frase sin importancia, se dirigió a mí, con el tono de superioridad y gesto de conmiseración ya dicho para espetarme más o menos un ''tú te crees que porque tal y cual...'' Conté hasta diez antes de responderle -aconsejo contar, y lo hago, nueve, ocho, hasta cero- para decirle que por favor no me tuteara pues casi le doblo la edad, y bien saben quienes me tratan que pido el tuteo a las primeras de cambio, y que la interpelación que me hacía era con el administrador con quien debía discutirla. No voy a reproducir una frase bastante incorrecta que me dedicó , pero sí me levanté, le escribí una nota de puño y letra, un par de frases a mi representante en la que le daba pleno poder para concluir la negociación y me ausenté.

No suelo ser un tipo mal educado, pero temo que si me cruzo con él algún día de estos, se me escape una pequeña salivilla hacia el suelo.

domingo, 17 de agosto de 2008

Anarcohumanismo

¿Cómo se puede admirar y deslumbrarse uno después, ante una personalidad hasta entonces desconocida? Como decía la cancioncilla de aquel programa ‘Todo está en los libros’. Ahora lo sustituiríamos por ‘todo está en la red’. Con reparos, naturalmente, que hay mucho gato a precio de liebre.

A un señor lo bautizan como Melchor cuando nace en una familia trabajadora, aunque se supone que sin grandes penurias. Puedo suponer que incluso había regalos la mañana del 6 de enero, por sencillos que fueran. Su padre era maquinista de un puerto y su sueldo no debía ser elevado, pero sí suficiente para pequeños detalles.

Pero. Siempre lo hay. Pero la desgracia se abate sobre esa familia y en un accidente muere el maquinista cuando su hijo solo tiene 13 años. Le dan un puesto como calderero. Con esa edad y ese trabajo no debía tener una juventud muy cómoda que digamos.

Nacido en una capital andaluza, no es difícil entender que intentara ganar dinero, jugando a matar o morir, plantándose delante de un toro. Creo oportuno añadir que entonces se picaba desde un caballo sin peto y a estos los abría el toro como una cremallera si lograba engancharlo en sus astas. Se cuenta y es verdad, que para ahorrar la vida del siguiente, a algún pobre corcel le metían las tripas para dentro apuñados y le daban largas puntadas con cuerda y aguja gruesa para que el picador intentara sobre él, clavar otro puyazo. Mejor lo dejamos. Lo cierto es que el muchacho tal vez hubiera alcanzado la fama y el dinero si una cogida grave no lo retira de la arena.

Casi con treinta años marcha a Madrid a buscarse otra vida. Allí conoce un ambiente que le lleva a abrazar la causa del anarquismo pacifista y humanista. Llegó a ser elegido como presidente del sindicato de Carroceros, lógicamente dentro de la CNT. La monarquía alfonsina da sus últimos tumbos y al caer, nació como una luz de esperanza, la Segunda República. Melchor, tanto en el primero como en el segundo de los regímenes, fue encarcelado varias veces por su actividad sindical, por lo que emprendió una lucha en favor de los derechos de los reclusos, no solo de sus compañeros anarquistas sino incluso de aquellos de ideología contraria a la suya.

Ya en la guerra Civil, fue nombrado Delegado Nacional de Prisiones, logrando desde ahí parar abusos para con los presos nacionales y mejorar la situación violenta en las cárceles, enfrentándose en alguna ocasión con dirigentes comunistas. Con su actitud, evitó cientos de agresiones y linchamientos. Eliminó sobre todo ‘las sacas’ indiscriminadas de presos para darles el ‘paseo’. Esto le valdría que los nacionales lo conocieran con el apelativo del “Ángel Rojo”. Un Schindler español, un salvador de vidas.

Tal vez la anécdota más conocida fue después de que el ejército franquista bombardease el campo de aviación de Alcalá de Henares. Una concentración de protesta, en la que participaba gran número de milicianos armados, llegó a la prisión de Alcalá de Henares donde exigieron la apertura de celdas para linchar por las bravas a varios presos. Melchor, Melchor Rodríguez, acudió a la prisión y enfrentándose al grupo salvó la grave situación. Testigos de su afán conciliador que lograron gracias a él, salvar sus vidas fueron los hermanos Luca de Tena, el futbolista Ricardo Zamora y varios falangistas, Raimundo Fernández-Cuesta, entre otros.

Nombrado por el coronel Casado alcalde de Madrid, en los días previos al final de la guerra, fue la persona encargada de realizar un traspaso ordenado de poderes a los sublevados. Gracias a su serenidad y honradez evitó que los vencedores cobraran una temida revancha en vidas humanas. Le cupo el honor y la gloria de ser el último alcalde republicano de Madrid.

Sin embargo, al acabar la guerra civil Melchor Rodríguez fue detenido, juzgado y condenado por sus actividades anarquistas y su actuación en la administración republicana. Fue condenado a muerte, pena reducida luego a 20 años y un día de cárcel, por un tribunal militar que desoyó los testimonios a su favor de algunos influyentes falangistas a los que había salvado del pelotón. Fue puesto en libertad al cabo de un año y medio.

En la larga clandestinidad continuó y mantuvo la lucha por sus ideales y por la clase obrera. Cuando muere, en 1972, pobre, muy pobre, “unos rezaron un padrenuestro y otros cantaron ‘A las barricadas’ ”. Su entierro fue el único acto de la dictadura que unió a los dos bandos antes de la democracia. Está propuesto como alcalde honorífico perpetuo por la ciudad que lo vio nacer.