jueves, 9 de abril de 2009

Desprendimiento

Le queda aún, cómo no, el metro ochentaytantos con que lo conocí. Sin embargo ha perdido aquella apostura de antaño y la ha sustituido por una expresión corporal como doliente, un leve encorvamiento de su columna superior que hace que ahora mire más hacia el suelo que al horizonte.

Vestía entonces elegantes conjuntos de paño inglés en el invierno, impecables trajes de lana fría en verano y camisas inmaculadas sobre las que lucían variadas y atractivas corbatas de seda. Conducía un potente coche alemán que brillaba impoluto hasta en los días tras la lluvia o cuando el polvo del Sáhara flotaba en el ambiente como una tela de araña sutil y amarilla. Donde gozaba de aparcamiento en la ciudad, había una estación de lavado y engrase y en cuanto advertía algún estrago de suciedad en la carrocería, le dejaba las llaves a alguno de los trabajadores para que al salir, reluciera de nuevo inmaculado.

Dirigía un grupo de colaboradores y subordinados, entre los que procuraba elegir señoras de buen porte y modales, y poseía esa cualidad de líder que sabe convencer más que con la fuerza de sus argumentos, que también, con la persuasión de su encanto personal. Con su voz cálida, con su gesto cordial, con su mirada de líder poderoso.

No tuvo excesivo trato conmigo en aquel tiempo de fulgores y abundancia. Tampoco puedo decir que faltara una exquisita y respetuosa relación de vecinos muy próximos que coincidíamos madrugando en los días laborables o en los ratos despreocupados del fin de semana. Una correcta convivencia vecinal, pero poco más.

Hoy me lo encuentro algunas mañanas compartiendo la sosegada calma de los días del jubilado. Lleva como digo levemente encorvado el cuerpo, con olvidado brillo la mirada , vestido con el uniforme humilde -el chándal, la camiseta de algodón, los vaqueros, el calzado sencillo- de quienes no pretendemos, ni necesitamos, captar la atención ni la mirada de los otros. Conduce un pequeño y modesto utilitario que conserva, eso sí, limpio permanentemente.

Una nimiedad circunstancial nos hace llegar al diálogo inesperado y este se alarga durante largo rato. Me cuenta su prejubilación por enfermedad grave; su transplante de hace unos años que le obliga a un ritmo de vida de lo más moderado; pero sobre todo me abruma, aunque procuro que no me lo note, con sus achaques pendientes de nuevos quirófanos, de su medicación abigarrada por diversos fallos de su organismo que no imaginaba tan arruinado.

Pero sobre todo me habla con una serenidad poco común acerca de la muerte. La ha integrado en su mundo como un acontecimiento inevitable, pero muy racionalmente aceptado. Da por cerrado su ciclo vital: ha desarrollado una actividad profesional gratificante mientras lo fue, es padre y abuelo y mira sin miedo al futuro, considerando un don ver amanecer cada nuevo día.

Mientas nos despedimos y cuando ya volvemos cada uno a nuestro hogar, medito en aquel hombre altivo y seguro que conocí tan poco entonces y lo comparo con este otro reflexivo, apacible y sosegado que admite la vida como un regalo efímero que disfruta sin añorar gran cosa el pasado ni poner más que unos pocos miligramos inmediatos en el platillo del futuro de la balanza con que mide los tiempos.

4 comentarios:

CharlyChip dijo...

La niñez, como la cercanía de la muerte, nos aproxima al puro contacto de la naturaleza humana, sin artificios.

Son los sabores más puros, la inocencia, como la experiencia, a la vista de ambas puertas que marcan principio y final de recorrido.

En medio está la ceguera de los objetivos inmediatos, que parecen ser eternos durante el ascenso hacia la cumbre.

Solo al comienzo, como al final del camino, el ser humano cuenta con la naturalidad instintiva o la visión en perspectiva que le sirven bien como individuo. El resto del camino le ciegan los impulsos de la especie que marcan sus propios objetivos. El hombre no es entonces tan dueño de si mismo como a menudo cree.

Esta prolongada ceguera le sumerge en la corriente del futuro como una gota de agua en una corriente que se abre camino hacia...

Un abrazo Pedro

Marinel dijo...

Tras una vida plena,vivificante,sin deseos no concedidos...la otra, la placentera, la del sosiego de la espera cierta ante ese otro tramo por el que ha de pasar, sin conocer el final.
Donde ha habido siempre queda,dicen...y este hombre de porte distinguido, ha sabido adentrarlo a su interior,haciéndolo suyo hasta su final vital,que asimila complaciente.
El tiempo no sólo pasa, se instala e introduce en nuestro interior,arañándolo...
Y también por fuera,claro...
Perdona la tardanza,Pedro,que ando liadilla.
Tan buena la descripción como siempre.
Vamos para que hablemos con ese vecino tuyo al mismo tiempo que tú...
Besos.

Pedro Giraldo dijo...

Charly y Marinel, por orden cronológico que no afectivo, pues ambos ocupais el mismo altísimo escalón en mi estima:

Casi que no doy por amortizado el post hasta que no me deleito en vuestros comentarios.

En ellos sí que se trasluce una compartida filosofía de vida, un ver la vida con el prisma de la amistad, de la sencillez y de los mutuos sentimientos.

Si supierais qué bálsamo vuestras palabras y vuestra pequeña dedicación de tiempo y afectos.

Domingo dijo...

En la vida todo es una cuestión de prioridades y es así que lo que ayer era causa y raíz de nuestros desvelos hoy apenas tiene cabida en nuestros pensamientos. Vivimos ensimismados en la consecución de objetivos que una vez logrados nos dejan a solas con nuestro silencio, pero es entonces cuando el hombre, desvestido ya de falsos oropeles, se revela en su verdadera dimensión, la estrictamente humana.