lunes, 19 de abril de 2010

Verbalísima

La conocí cuando era un ángel pinturero que casi estaba empezando a caminar. Ya sabemos que los ángeles no tienen sexo. En todo caso no es este el sitio de discutirlo. Luego supe de sus fiebres, de sus caídas con o sin herida, de su primer rechazo al colegio –ella, mimada por unos padres algo mayores y dos hermanos talluditos que la tenían como un juguete maravilloso- y luego de su liderazgo en las aulas y en los patios. Sabía del arte de la seducción desde el parvulario y su zalamería verdadera y no fingida conseguía que hasta los árboles y las nubes la obedecieran.

Atravesó luego la edad más complicada, ese complejo de invencibilidad de los adolescentes, en que la perdí un poco de vista. Quizás le costaba algo más saludar por la calle, sobre todo si iba acompañada, o incluso rodeada por dos o más admiradores. Aquel angelote gracioso se convirtió en una gentil mozuela, luego en una flor primorosa, después en una muchacha deslumbrante hasta llegar a lo que nuestros padres –tal vez yo también, en una expresión algo machista- llamaban una mujer de bandera.

El tiempo y la distancia me alejaron de ella. A mi regreso era una madre joven y guapísima, que había formado pareja con un chaval estupendo al que también conocía yo desde niño. La vi con la belleza que irradia la maternidad y me enseñaba a su primer bebé como si me entregara un nombramiento de abuelo de adopción. Luego, cuando la encontraba en cualquier sitio, con la verbosidad divertida que siempre la ha caracterizado, me explicaba todo lo que se le venía a los labios. Desde la enfermedad de su padre, el negocio de su hermano, los inevitables choques con la familia política –horror, qué palabro-, los avances de su niño, su próximo vestido de flamenca o lo que ese día tenía pensado de menú familiar.

Tras un tiempo sin verla, me la crucé estando embarazada de nuevo. No recuerdo bien si tuve que detenerla para que no me detallara excesivos datos de su vida íntima. Encontrarla era como percibir el canto de diez ruiseñores o maravillarse ante una rosaleda florida. Sin embargo yo algo sabía de sus problemas de distintos matices. Los que más tarde o más pronto llaman a todas las puertas y se instalan como huéspedes inevitables. Ella misma me dijo que lloraba en soledad y que había noches sin sueño y amaneceres de tristeza. Pero también me confirmó que se bastaba y se sobraba para arrinconarlos en el sotanillo de la vida y poder mostrar ante los demás solo la faz animosa y desenfadada de su alegría.

Casi me tropiezo hoy con ella al volver una esquina. “¡Don Pedro!”, me grita como si me llamara de una banda a otra de un campo de fútbol. No hay que ser psicólogo, psicoanalista o similar para entender que ese grito era la manifestación de su gozo al verme, trompeteado por su extroversión tan conocida. Casi zarandeándome me estampa dos sonoros besos que han debido oírse en la República Argentina, no en la avenida sino en la nación hermana del Cono Sur. En broma le reprocho que ese tratamiento lo abandoné en el momento de cobrar la primera paguita de jubileta. Naturalmente me tutea como lo ha hecho siempre y enseguida me ametralla con su verborrea, incluso contándome cosas que ya me ha detallado otras veces. “¿No sabes que tengo otro niño? Pero no del Juanito, sino de mi pareja actual”. Le recuerdo que nos saludamos no hace tanto tiempo y que ya le dije lo bien que le sentaba la futura maternidad. Como sé que no hay forma de callarla durante los próximos diez minutos, mientras la escucho me detengo en la contemplación de esta criatura a la que conocí bebé y es ahora una deslumbrante mujer joven.

Un dietista desnortado le achacaría diez kilos por encima de esos pesos estándar, rutinarios y exigentes, pero los sostiene tan perfectamente distribuidos que a una balanza sabia habría que corregirle sus desvaríos. Sus ojos siguen tan azules como los lagos del norte, esos que se hielan la mitad del año. Conserva su piel de niña, blanca y casi translúcida donde garabatean delicadas venillas azules. Su hermosa cabellera de morena clara sé que no necesita mucho para lucir ese rizado que heredó de su padre y que también adorna a sus hermanos. Tose un par de veces y me intercala su disculpa y su promesa de que va a dejar de fumar. La misma que sé que no va a cumplir porque le gusta y aún no le ha hecho daño suficiente. No sé si es que estamos debajo de un naranjo en flor o es que se desprende de ella ese perfume suave y armonioso en el que me siento envuelto.

“Ay, que esos churros os los vais a comer helados”, me dice –hasta ahora tal vez no se ha fijado en mi carga dominguera- mientras se medio aturrulla terminando de contarme la historieta en que anda enredada y se despide de mí con una sonrisa que me hace parpadear como si hubiera encendido un pequeño sol para mí solo y vuelve a estamparme sus besos sonoros en mis mejillas de viejo al que ha hecho feliz todo este rato.

2 comentarios:

Marinel dijo...

Es un nuevo placer delizarme por tus letras descriptivas,ahora de una joven,que una vez fue ángel pinturero :)
Es en esas palabras en las que te pierdes para hacernosla ver,donde más me pierdo yo gustosamente.
Me encanta todo el escrito,pero hay retazos que enmarcaría en mi alma de lo mucho que me han gustado. Y es que me encantaría tener esa fluidez tuya para imbuir a los que me leen de la idea que quiero expresar.Así;como tú lo haces.
Siento que en cada escrito,tú,nos quieres adentrar en esa personalidad e imagen de la persona que tiene la fortuna de ser descrita por tus manos,y lo consigues,¡vaya si lo consigues!
En esta ocasión,hasta me he sentido identificada en alguna cosita con esta joven.Naturalmente,no en la juventud(divino tesoro)ni en lo de mujer bandera...
Yo, me quedé en mástil.
Pero sí en los saludos,los besos y aunque no tanto en la verborrea incontenible,probablemente por la experiencia que da la edad,sí en la propensión a charlar y escuchar a aquellos con los que me encuentro en mi camino.
Precioso una vez más.
Esta vez,no te pido perdón por la extensión,querido Pedro.Eso sí,espero no se te indigeste,ja,ja,ja
Besos miles.

Pedro Giraldo dijo...

Gracias, Marinel, preciosa. Pero tengo que rebatir dos o tres frases tuyas con las que no puedo estar de acuerdo.

No eres una veinteañera, vale, pero te rebosa la juventud, esa que nunca se marchita, la que lucirás orgullosa cuando pasen los años y sigas con tus mismas ilusiones y esperanzas.

En cuanto a las banderas: que he visto fotos, niña, que las he visto. Ronda, Mijas, Marbella. Una rubia espléndida en el punto ideal de sazón, que también te sé capaz de conservar muuucho tiempo.

Y tu extensión, ay, me llevaría horas deleitándome en tus palabras. No porque me piropees, sino porque destilan la miel que llevas en tu interior.

Recibo tus besos mil y te envío uno, uno solo, pero todo lo largo y lo ancho que desees, ja ja ja.