jueves, 13 de enero de 2011

Menudencia

Antes de que el sol se asome, ya va con su bastón –un varetón muy bien apañado de olivo, que dice que fue de su abuelo, y puede ser verdad-, su gorrilla y sus ojos casi inútiles, calle arriba camino del bar. Se para en la puerta, como si fuera a reconocer a todos y cada uno de los arrimados a la barra y con su voz afillada da unos buenos días que casi nadie contesta.

Esta ha sido la voz de mando para que alguno de los que atienden el mostrador le ponga un vasito, medio de güisqui, siempre de la misma marca y un vaso de agua fría. Él pone de agua hasta el borde el vasillo, lo levanta ceremoniosamente y glu, glu, glu, se lo encaloma de un tirón. Termina con una onomatopeya que soy incapaz de repetir, da un golpe respetable con el culo del vaso en el mostrador y se impacienta si no acuden pronto a recargarle su vidrio. Repite la faena del llenado con agua fría y esta vez ya lo va apurando a sorbitos, mirando –repito, que casi no ve- a uno y otro lado por si reconoce a alguien por la voz y pegar la hebra con el tal.

Debe medir sobre el uno sesenta, pesar poco más de cincuenta kilos y su fondo de armario es tan reducido que da la impresión, solo la impresión, de que se cambia de ropa menos que una almeja. Se le ve siempre afeitado y bien lavado, huele a su poquito de colonia de garrafa, por lo que estar a su lado no es ningún problema. No suele participar en la conversación de los tres o cuatro puntos fijos que, unos sentados y otros de pie, suelen despellejar a todo bicho viviente, del rey abajo. Eso sí, de cuando en cuando masculla algo ininteligible que no sabe si corrobora las maledicencias de los tertulianos o es que pone a estos de ropa de pascua.

Si consigue enganchar a alguien para hacer una pequeña tertulia, le habla algo del tiempo, inmediatamente pregunta porque prefiere escuchar a hablar y si no encarrucha una conversa, saca cuidadosamente un pañuelillo amarrado, lo desamarra con parsimonia, cuenta más con el tacto que con la vista las monedas y tras depositar en el mostrador la cifra exacta, relía el pañuelillo, que este sí, es de color indefinido por culpa de manoseo. El bastón que ha tenido colgado todo el tiempo del brazo pasa a su posición de ataque, digo, de caminar y con un ¡Señores, aquí no ha pasao ná! que repite cada día, emprende el camino de la puerta. Algunas veces lo veo a la entrada del súper esperando que abra y del resto de su existencia no sé más, salvo que vive solo.

Una vez me dijo muy bajito, Tengo ochenta y tres años, pero digo que tengo ochenta y siete, pa presumir y me soltó una risilla cómplice.

3 comentarios:

JAVIER LICERAS dijo...

Estupendo, como siempre, Pedro.

Un abrazo.

Javier.

Cinta dijo...

¡Qué alegría volver a leer algo tuyo!
Besos,Cinta.

Pedro Giraldo dijo...

Gracias, lejano y próximo Javier. Gracias, Cinta, tú sí que tan próxima.

Besos para los dos.