sábado, 6 de septiembre de 2008

Televidente

Durante bastantes años, no era muy políticamente correcto decir que uno no veía la televisión. Como mínimo eras un rarito. O un pretendido falso intelectual, un presumido, un pedante, o lo más común que te tomaran por un embustero que pasaba largas horas ante la caja tonta, tragando toda la bazofia del mundo, pero fardando de lo contrario.

Y hoy, al menos la gente joven, va por otros derroteros. Tienen sus móviles, sus ingenios audiovisuales en miniatura, sus conexiones a la red, su música mil veces repetida y cómo no, sus videojuegos.

Por fin se puede decir sin ser víctima de reojos: veo muy poco, casi nada, la televisión. Me resulta difícil encontrar un programa que me enganche. Las series las encuentro muy condicionadas por unos guionistas esforzados en aparentar naturalidad o actualidad, moviéndose dentro de esquemas repetidos. Nunca fui capaz, ni siquiera en tiempos de Dinastía, El pájaro espino u otros Grandes Relatos, de seguir andanzas estereotipadas y esperables. Qué decir ahora y antes de los tristes culebrones, muchos de ellos con la técnica escenográfica de un teatro de aficionados.

Los noticieros están muy repercutidos por la orientación del Gran Hermano respectivo o del Gran Ojo de turno que los controla, bien desde sectarismos políticos, bien desde el implacable espectro de sus conveniencias en nadar y guardar la ropa.

Lo triste es que más de uno, más de dos y más de tres de esos canales que se captan desde mis sintonías, se sufragan en una pequeña parte con mis impuestos, mes gusten sus contenidos o no. Me guste su orientación y bandería o no. Al menos las cadenas privadas no ocultan que sus fines, como cualquier otro negocio, son, en primer lugar, ganar dinero; y ya en segundo término, je, je, ganar el mayor dinero posible.

Puedo repetir entonces que veo poco la televisión.

Lo que no significa que no vea nunca la televisión. Vivo en un par de sitios al año y en ambos tengo un televisor de tubo de catorce pulgadas. Y uno de ellos es nada menos que un combo: trae su lector de dvd incorporado. Un lujazo. Suelo encender un par de veces al día la tele, procuro informarme de los pronósticos meteorológicos, algún programilla desenfadado y poco más.

Pero hoy estaba decidido a no perderme algo. Quizás deba decir primero que por distintas razones fui objetor de la Expo 92, viviendo a pocos kilómetros de Sevilla y no la pisé. Por ampliación, ignoré del todo, aunque no fuera nunca mi debilidad, la cosa de los juegos olímpicos de Barcelona. Uno de los motivos era –y admito que se me acuse de pesetero- porque en ambos eventos, mucho listillo llenó su cartera, repito, con el cruento sacrificio de mis impuestos.

Sin embargo hoy sabía que había un espectáculo que no me podía perder. Algo he leído y oído de los juegos de Beijing 2008, que terminaron no hace mucho. Sé por ejemplo que tipos ya millonarios se han subido a esos podios, sostenidos por el afán de lucro sobre todo de marcas y patrocinios. Me ha importado poco y no he vibrado porque me he enterado tarde, mal, o no me he enterado de las medallitas de colores que hayan podido ganar los participantes españoles. No soy muy patriota.

Pero repito, hoy he gozado durante un buen rato con un espectáculo fascinante: la apertura de los Juegos Paralímpicos. He visto a una mujer ciega dirigirse a todos los espectadores del mundo. He visto la antorcha sobre sillas de ruedas, portada por un hombre con prótesis en las piernas, o con un solo brazo u otra mujer portándola en una mano, mientas su perro le hacía de lazarillo. Y he visto en fin, el esfuerzo increíble de un verdadero atleta, que en su silla de ruedas se izaba como un titán, escalando una cuerda que le ha llevado a encender la gran llama.

Hoy creo que por fin he amortizado el pequeño televisor en que lo veía.

6 comentarios:

Magda dijo...

Hola Pedro, sabía cuando iba por la mitad de tu testimonio, que estabas hablando de los juegos bis.
Estoy de acuerdo:éstos son Los Juegos, los Verdaderos, los que conservan el espíritu de su fundador. Es una paradoja que, aunque son minusválidos los que compiten, me parecen atletas mucho más sanos - por lo menos espiritualmente - que muchos de los no minusválidos.
Gracias de nuevo por tus palabras y besos a todos.

Pedro Giraldo dijo...

Creo que nos juntamos por este barrio poquitos, pero compartiendo ideas comunes.

Hoy he leído a una amiga en un blog amigo elogiar ''...el esfuerzo y el placer de progresar...”

La primera vez que vi un partido de baloncesto sobre sillas de ruedas, fue en vivo y en directo. Gente joven que, pese a la reducción obligada, no renunciaba a sentirse miembro de un equipo y saturarse con las endorfinas de la autosuperación en el deporte.

Chapeau.

Pedro Giraldo dijo...

Postdata para Magda: ciertamente prefiero que nos veamos aquí mejor QUE en donde hacen una publicidad que no he autorizado.

Más besos.

Meg dijo...

Pedro, no son los Parajuegos lo más imporante, sino el afán de superación de esta gente, en todos los ámbitos, y no sólo el deportivo. Tú mismo refieres lo de los bancos del paseo y el fontanero minusválido... Eso es lo importante: que ellos empiecen a sentirse útiles y la sociedad los acoja como tales.

Pedro Giraldo dijo...

Naturalmente que sí, Meg, Ojitos Sorprendidos. (Si el apelativo te suena paternalista o cursi, admito que me digas, incluso que me escribas un insultillo).

Por suerte vivimos en una sociedad que acoge y valora a estas personas, que muchas de ellas tienen una riqueza de sentimientos y emociones que para nosotros ya quisiéramos.

Antonio Pinto dijo...

Querido Pedro:
esa sensación que viviste al ver en la tele a estas personas y a su esfuerzo, la tuve yo cuando un gran amigo mio, entregado en cuerpo, alma y profesión al autismo y a la parálisis cerebral, me descubrió la Boccia (con tonillo italiano) deporte paralímpico realizado por paralíticos cerebrales en el que tardas en cerrar la boca y que te deja de manera agradable reflexión para unos días. Os invito a todos a que bicheéis sobre este deporte y os dejéis impresionar por sus practicantes. Besos para todos