jueves, 3 de julio de 2008

Artesanía

Coincido con ella muchas mañanas. Mientras yo voy paseando, aunque sea por prescripción facultativa, ella está en su sexta o séptima hora de trabajo. Nadie lo diría. Su atuendo es desenfadado: unas cómodas bermudas que suelen ser de colores alegres y camisetas, honradas tal vez algún día con pequeñas manchas de sudor. Está en esa edad ambigua entre los cuarenta y los sesenta, que las mujeres saben diluir con la artimaña de la ropa, el corte de pelo, el tinte y el peinado. Su piel es tersa, quizás como una demostración implícita de la buena salud y el optimismo –al menos aparente- con que encara la vida. Pero es sobre todo su sonrisa, su afabilidad no impostada, lo que le imprime ese aire con el que necesariamente le ha de caer bien a casi todo el mundo, salvo los resentidos, los aguafiestas. Que por desgracia no faltan.

Sube y baja del asiento de conductora de su furgoneta con una agilidad enorme, a pesar de que los estilistas a la violeta le achacarían un cierto sobrepeso. Previamente ha marcado unos tonos cortos e inconfundibles con el cláxon. Es posible que se moleste algún durmiente retrasado, pero suelen ser breves y espaciados, una vez por cada calle. Tampoco obliga a madrugar, pues suele comenzar su reparto sobre las nueve de la mañana.

Los tiempos cambian y ella ha hecho lo posible por adaptarse. Las reglas del comercio han evolucionado y ella se ha enfrentado a estas con energía y ese optimismo de que hablé antes. Para comprenderlo, tuve que equivocarme primero y aventurar una suposición después. Pasé por su puerta un día y ví que estaba cerrada. ¿Cómo puede estar cerrada una panadería a las diez de la mañana? No le veía la lógica hasta que al pasar por la tarde, allí estaba aparcada su furgoneta, la misma con la que patrulla el pueblo de una punta a otra cada día.

Supongo que alguien la ayuda. Sería casi imposible que ella sola, levantándose a las tres o las cuatro de la mañana, diera el último repaso a su masa, por más que le ayude alguna máquina, corte y dé forma a las tres o cuatro variantes de pan que vende. Porque eso sí, queda claro que está hecho a mano. Nada de piezas idénticas al milímetro, con la huella de la maquinaria en la masa del interior. Están manoseadas con mimo y la pequeña imperfección que pueda hacer distinta a cada una, no es sino el reflejo del amor con que una artesana suele hacer cada una de sus piezas.

Su horno será eléctrico como el de los súper. Pero a estos llega el pan precocido, envasado, gris casi ceniciento, fría su masa con la perfección impoluta de una máquina que no tiene fallo ni imaginación. Ocho o diez variantes, seguramente computerizadas de antemano: el pan de fibra, de soja, el de semillas, el integral, la barra, la baguette, el campesino (¿?), el sin sal, qué sé yo la de variantes que puede admitir una amasadora conectada a un ordenador.

Pero mi amiga solo tiene unas muy pocas variantes, el bollo, el medio kilo, la barra y poco más. Eso sí, con el marchamo impecable de la artesanía. Comparando los sabores, para mí, que entiendo poco de fútbol, golea a cualquier competidor. ¿Se imaginan a un equipo de aficionados humillando la portería de otro equipo de esos que se nutren de millonarios? Me vale la metáfora. Los primeros suplen su falta de técnica, tal vez su cansancio previo en oficios del común, con el entusiasmo, la ilusión de una victoria ganada a pulso, con el pundonor verdadero de amar a sus colores. Los otros, señoritos de cochazo, de chalet inmenso con doble piscina, de sueldos innombrables, de ingresos por publicidad, solo venden su fama y temen las lesiones. No lo dan todo, sólo lo imprescindible.

Les aseguro que no sé el nombre de mi admirada panadera. Solo cruzo los buenos días con ella cuando coincidimos y jamás regatea una sonrisa. Se gana sus clientes uno a uno, con su buen hacer, con su afabilidad, con su entrega a domicilio, con su frase de agrado, con el tono alegre de su voz. Sube y baja sin descanso de su furgona, entrega en cada portal las piezas que sabe de antemano, derrama su energía a raudales y posiblemente inyecta la hormona de la convivencia, del optimismo a quien la necesita. Pero solo le cobra el pan que le entrega.

1 comentario:

CGT dijo...

Meneras de vivir... Un cierto sabor se está perdiendo en todo, no solo en la comida.

Un saludo y un abrazo hermano