jueves, 5 de marzo de 2009

Heroína

Impresionaba la majestad de aquellas paredes, la altura de aquel techo de madera,a imitación del artesonado de una iglesia importante. Tal vez no era necesario ningún cartel solicitando silencio porque era el único modo de sentirse bien dentro de aquellos muros. Habían modernizado el suelo y ya las pisadas no eran tan respetuosas como cuando solo era tierra apisonada. En un rincón, junto a un trozo de escalera amputada, y que ya no subía a ningún sitio, había dos enormes tinajas venerables de recio barro cocido, la mitad de ellas empotrada en el suelo.

De pronto me la encontré de frente. Estaba allí, con su ropa negra habitual, con su delantal oscuro, con sus piernas bien torneadas, con su expresión corporal permanente de lucha por la vida. No podía distinguir bien su rostro, pero estaba seguro que conservaba sus huellas de siempre de haber pasado la viruela en la infancia, pequeños cráteres deformantes en la cara y sobre todo, su ojo. Aquel ojo que conservaba su vida propia, precisamente por carecer de ella. Aquel humilde ojo de cristal que miraba fijo sin ver, aislado de todos los pequeños músculos que debían moverlo.

¡Juanilla! Claro que eras tú. No podías ser otra. Aunque aquella fotografía, ni con mucho la mayor ni la mejor de la exposición retroactiva del primeros del siglo XX, no estaba hecha en tu pueblo. Era tu imagen, aunque nunca hubieras estado en aquella calle, donde los chiquillos miraban medio espantados a la cámara, casi todos los 'machis' con gorra, alguno descalzo, varias de las niñas, todas con menos de diez años, con un bebé de pocos meses arropados en sucias mantillas. Las hermanas mayores tenían que ser pequeñas madres, mientras la verdadera andaría sabe Dios por dónde buscando un trozo de pan para su casa.

Mi recuerdo de Juanilla es siempre en verano. En pleno verano, a la hora de la siesta, derritiéndose las formas, estallando en calor las fachadas, imperturbable el silencio entre tanto fuego que baja del cielo. Y tú, Juanilla, con tus zapatillas de paño, con tus medias negras porque el luto era sagrado, con aquellos dos cubos malolientes en las manos. Salías de tu humilde vivienda, un portal lo llamábamos, de una sola pieza, con dos tabiques poco más altos que la cabeza y el techo diáfano, con dos cortinas haciendo de puertas. En uno de aquellos mínimos habitáculos dormías tú con tu madre, siempre enferma desde que tengo uso de razón. En el otro, tus tres hermanas sobre una única cama, no muy grande, y sonora por las camisas de maíz de que estaba relleno el colchón.

Salías, digo, como una sombra furtiva con tus dos cubos vacíos, uno en cada mano. Ibas por las ocho o diez casas del pueblo donde seguro sabías que se comía todos los días. Donde la muchacha del servicio volcaba en uno de tus cubos, los desperdicios. Ya sabes, las espinas del pescado, las cáscaras de la sandía, algún mendrugo mordisqueado, los restos indefinidos de lo que se había comido en esa casa a mediodía. No era agradable ver, sobre todo oler, el contenido de que se llenaban tus cubos, con los que volvías a tu portal ya llenos, con su miserable y valiosa carga. Uno de ellos lo vaciabas al llegar en la diminuta cochinera que con tablas y alguna tela metálica le comía espacio al pequeñísimo patio. El gruñido de satisfacción del marrano respondía agradecido a tu generosidad. El otro cubo lo vaciabas, más maloliente si cabe, por la mañana temprano.

Cuando allá por unos días antes de nochebuena se lo vendieras al Dosrabos, uno de los carniceros del pueblo, este te daría después como una hoja de cálculo, escrita en tosco papel de estraza, en la que se detallaba cuántos trozos de tocino, de costilla salada, de huesos de espinazo, de morcillas, de medias orejas podías ir a buscar a la carnicería a lo largo del año. Asegurabas el puchero de trescientos sesenta y cinco días más. Luego había que añadirle la porción de garbanzos, que tal vez habías tenido que salir a robar una noche, antes de que los segaran, volviendo con tus manos agrietadas y dolorosas por el zumo de las plantas que no se podían cortar. O tagarninas, o espinacas, o algún espárrago que crecían salvajes en un lugar que te cuidabas muy bien de revelar a nadie.

Va para sesenta años que no te veo, Juanilla. No sé si vives, porque eres de capaz de estar cerca de los cien, con tu impulso vitalista aún firme. Esa mañana en que te ví, ya sé que no eras tú, en la foto de la exposición, me recordaste cómo eras mujer fuerte, bíblica, valiente, héroe si ser consciente de ello.

6 comentarios:

CharlyChip dijo...

No hay lucha más noble que enaltecer la belleza de la nobleza invisible, humilde, perdida en la memoria, aquella que hace vida pero no historia.

Un abrazo

P.D.: ¿No habias contado antes esta historia o una muy similar? Tal vez me engaña la memoria y fue algo similar de la misma época y/o lugar

Marinel dijo...

Cuántas Juanillas habrá habido y habrá...cuántas heroínas sin nombre,desconocidas que con cada amanecer se enfrenten en descarnizada lucha por subsistir en un mundo que nada les regala...
Me vienen a la memoria historias contadas por mi madre del pueblo, de aquella gente humilde que no conocían sino trabajo y más trabajo, muchas veces en condiciones infrahumanas...
Se me pone la piel de gallina con tus relatos,que me parece vivir en primera persona...
Besos mil.

Pedro Giraldo dijo...

Tienes más razón que un santo, Charly. He repasado entradas y efectivi-wonder, es la segunda vez que Juanilla se cuela entre mis recuerdos.

¿Será porque mi admiración por ella es tan fuerte que su recuerdo me golpea una y otra vez.

Tendré que concederte el título de Giraldólogo Mayor del Reino. No es que sea de mucho mérito en sí, pero para mí es un motivo de orgullo y en tí significa todo un trayecto de fidelidad, de amistad noble, de sentimientos y afectos de los que sí que me siento muy, muy orgulloso.

Un abrazo, hermano.

Pedro Giraldo dijo...

Marinel, no sabes qué significan también tus comentarios para mí. Siempre presumí de pocas pero valiosas amistades.

La tuya es como para tenerla y conservarla en la más blindada de las cajas fuertes. Pero es mucho más hermoso contemplarla y admirarla a la luz voluble de esta primavera que amaga y no da.

Gracias por tu afecto, por tu generosidad. Y que el cielo te lo premie en ofrenda de tanta belleza como guardas en tu corazón.

Cinta dijo...

Querido amigo, qué maravilloso relato. Bonito homenaje a todas esas mujeres luchadoras. Se que tú la llamas Juanilla, pero seguro que piensas en más de una persona; en esas mujeres que en tiempos tan difíciles como los que le tocó vivir a nuestro país lucharon por sacar a sus familias adelante. Sabes que yo he recordado a mi abuela en este relato.
Gracias querido amigo, por recordar a los Grandes Olvidados de la Gran Historia.

Pedro Giraldo dijo...

No es el relato lo maravilloso, sobrina adoptiva. Confieso que esta vez no hay ni brizna de literatura en él, como sí en otros.

Juanilla, únicamente su nombre no es real pero sí parecido, fue una persona a la que quise y quiero mucho y seguro que ella, tal vez viva y casi centenaria como creo, o desde cualquier otro sitio si ya se marchó, también me quiere.