domingo, 22 de junio de 2008

Madrugador

He visto amanecer muchas mañanas caminando en esa misma dirección. Estaba aún en mi etapa laboral pero mis rodillas ya tenían la misma amenaza de prótesis que siguen manteniendo ahora y a la que me resisto cuanto puedo. En invierno, con el sol perezoso y tibio, aún era noche cerrada cuando con mi gorra y mi bastón –un domingo muy temprano me atracaron unos jovencitos para poder seguir su juerga y menos mal que no me lo partieron encima- digo que aún era de noche y se abría una leve raya de luz entre el cielo y el mar. Poco a poco se iba haciendo mayor la grieta luminosa y el espectáculo deslumbrante que se desarrollaba tenía la virtud de no repetirse casi nunca. Una nube, una brumilla, un gris opalescente, siempre se renovaba algún detalle. Un viejo amigo, ya ido, me decía que él daba gracias al cielo cada nuevo amanecer.

La otra mañana era temprano pero estamos en los días más largos del año. El sol, que no sé si es estrella joven o vieja, si bien estrella al fin y al cabo, posee el disculpable vicio de la impuntualidad. O se atrasa o se adelanta algún minuto, pero siempre se lo he perdonado. Ya estaba subiendo en el horizonte y mis lentes se habían oscurecido. El mar brillaba con todo descaro. Había muy poca brisa, la marea estaba baja y el agua se movía imperceptiblemente. Sólo en el trozo que el hombre, ese depredador, le arrancó una mínima bahía para ensanchar una carretera, desafiándolo con una escollera pequeña y torpe, dibujaba un tímido encaje de espuma. En el invierno, esta balsa culta, vieja y sabia a la que llamamos Mediterráneo, cuando coincide marea y viento de levante, se alza en su poderío y se desmelena en olas que nada tienen que envidiar a cualquier otro hermano mayor. Golpea entonces con fuerza esas minucias que el hombre opone a su fortaleza de miles de años y como dicen las gentes de la orilla ‘la mar siempre se lleva lo que es suyo’. La escollera se está deshaciendo.

Por lo tanto, deslumbrado, yo me enfrentaba a su tono más azul, a su superficie más bruñida, a su murmullo más melodioso. Precisamente al pasar por la escollera, las algas que allí se depositan me hacen cerrar los ojos y aspirar un perfume vivo e inigualable: olor a vegetal vivo, a agua renovada, a sal oculta y reidora. Cuando supero esa suave curva, aparece ante mis ojos uno de los trozos de costa que aún no ha mancillado la avaricia humana, aunque esté pespunteado por el ir y venir de una carretera que se adaptó a su sinuosidad. Me voy acercando a uno de los últimos caños por los que la montaña vecina desagua en el mar su lluvia cuando cae. Los humanos listillos aprovechan ese cauce para verter en él, como en casi todos, sus aguas –sucias casi siempre, que las depuradoras valen dinero y lucen poco- que a su llegada a la arena se van filtrando casi sin notarse y desembocan de forma subterránea, solo manifiestas por un oscurecimiento de la orilla y, ay, por un mal olor muy perceptible a veces.

Allá, entre pedruscos que un día fueron arrastrados por el agua y hoy están como clavados en la arena, distingo una figura atareada. Al acercarme distingo a un anciano fibroso, con pantaloncillo corto barato, camisa y sombrero de paja que trajina con ahínco, armado de una pala no pequeña, como de albañil que clava en la arena con ayuda del pie y metiendo los riñones levanta piedras del tamaño de melones y se agacha, rebuscando en la arena. Me acerco y desde una distancia prudente le observo en su faena. No quiero que me tome por un mirón desconsiderado pero me intriga saber qué hace a hora tan mañanera, sometiendo a su organismo desgastado a un ejercicio nada lúdico.

Cuando paso unos minutos contemplándolo, por fin comprendo qué hace. Debajo de cada piedra levantada, hunde las manos, saca puñados de arena ennegrecida y rebusca si hay lombrices entre ella. Con cuidado saca una, dos o ninguna de cada vez y las va depositando en una caja que tiene al lado sobre un pedrusco que sobresale. Supongo que es un pescador de orilla y que se procura cebo vivo para en otro momento disfrutar de su caña y de la danza de las piezas al extremo de su tanza invisible.

Sabe perfectamente que le estoy mirando pero sigue impertérrito su faena. Tal vez me confunda con un guiri desocupado y hasta es probable que le moleste sentirse espectáculo, su trabajo, su esfuerzo, de un rubiasco malencarado que lo tome por diversión. Pero yo he hecho alguna vez, pocas, esa misma tarea, aunque sin llegar a ese grado de dificultad. Intento recordar una palabra de argot, que le haga sentir que soy su cómplice. Por fin doy con ella:

- ¿Albiñocas?, le pregunto sin saber si por aquí también las llaman así.

Como un ‘ábrete sésamo’, la puerta de su cerrazón se abre. Suelta un momento la pala, que deja clavada en la arena húmeda, se quita el sombrero, se alivia el sudor con el antebrazo sarmentoso y me contesta con una pregunta:

- ¿Usté es de Huelva? Así les dicen por allí.

Saca un paquete de cigarrillos arrugados del pantalón, enciende uno sin ofrecerme y después de encendido, me cuenta su vieja canción: la pensión es muy corta y hay una tienda que le paga a tanto los ejemplares de lombrices y aprovecha las mañanas para sanear su hacienda doméstica. Mantengo la conversación, intentando que dure lo más posible, pero pronto tira el cigarrillo a medio fumar y con un ‘voy a seguir con la faena’ me despide.

3 comentarios:

CGT dijo...

Este ya es el Pedro que conozco ;-)

Muchas veces he estado en esas faenas con mi padre para conseguir cebo para pescar con caña a fondo. Puedo imaginar perfectamente la escena. Cada objeto, situación y persona que describes, incluido tu.

Gracias a dios solo he llevado a cabo esa tarea por diversion, no por necesidad... A saber que hará necesario el futuro...

Un saludo Pedro, después de un dia conflictivo y agotador, de decisiones dificiles tengo unos minutos para leer reposadamente tu relato.

Pedro Giraldo dijo...

Os comunico que vuelvo a estar ausente otros cuantos días. Pueden estar bien seguros que echaré en falta poderme poner al teclado a contaros mis pequeñas historias y sobre todo este cruce de opiniones y comentarios.

Hasta lo más pronto posible.

Andrés Paredes dijo...

Para cuando regreses.
Bienvenido de nuevo, amigo.