jueves, 15 de mayo de 2008

Desorientación

La víctima, un empleado de limpieza de 52 años, esperaba aquella fría noche de abril un autobús. Y concordaba con lo que buscaban para matarlo, la víctima había de ser un hombre "regordete" y "estúpido”. No olviden esto por favor.

Me acercaba a aquella esquina y ya desde lejos, le notaba algo raro. Aparte de su bastón blanco telescópico, que zizagueaba delante de ella, fue su actitud lo que me indicó que algo no iba. Daba unos pasos, tanteando, y el bastón tropezaba con unos trozos de tubo rojo que emergían donde pronto habrá una farola. Cambiaba de dirección, su bastón por delante, y detectaba que el suelo estaba solado con unos pequeños adoquines cuadrados. Levantó la cabeza, supongo que por ver si su oído o su olfato le podían ayudar. Y volvía a dar unos pasos que no era preciso ser muy perspicaz, para comprender que no terminaba de orientarse.

De lejos me pareció casi una niña, lo que me extrañaba. Cuando ya estuve muy cerca vi que era una mujer adulta, veintitantos, menuda, no muy baja pero delgada, cuarenta y tantos kilos. ‘¿Te puedo ayudar?’, es lo más inocuo que se me ocurrió preguntarle. ‘¿No es esta la avenida Tal?’, me preguntó. ‘No, estamos en este otro Cual sitio’. ‘¿Y usted me puede decir cómo puedo ir para la avenida Tal? Es que tengo que tomar allí el autobús X’. ‘Hace tiempo que no vienes al centro, ¿verdad?, le repuse. Los autobuses no entran en la avenida Tal por las obras del metro’. Fue entonces cuando presentí que estaba a punto de derrumbarse. Vibró su voz con un trémolo en que percibí una angustia enorme: ‘Me he perdido. No sé donde estoy’. ‘Mira, estamos en Tal sitio, pero no te preocupes porque yo he terminado de hacer los recados pendientes y me sobra tiempo. Dime en concreto a dónde quieres ir’. ‘Tengo que tomar el autobús X pero no sé a donde encontrar la parada’. ‘Por aquí no hay paradas de autobús y yo tampoco domino mucho ese tema, pero vamos a caminar un poco hasta que encontremos a alguien que nos lo aclare’. ‘¿Puedo cogerme entonces de su brazo?’. ‘Pues claro, chiquilla. Venga’.

Plegó como con un suspiro su bastón telescópico, su tan necesaria ayuda pero que durante unos minutos se había convertido casi en un instrumento de tortura, y me tomó del brazo, muy suavemente. Tuve la misma sensación de levedad que cuando tienes un pajarillo en la mano. No hacía la menor presión, solo el contacto que le daba seguridad. Sus ojos tenían ese movimiento desordenado de quien no los ha utilizado nunca. Incluso sus facciones me daban la certeza de que nunca se había podido mirar en un espejo. Para no caminar en silencio y darle por otro lado un tímido mensaje de ánimo, le dije ‘Vas muy elegante’. Llevaba una camiseta negra, unas mallas y encima un vestido rojo, muy rojo, con unas como lentejuelas brillantes. ‘Es que como no veo, necesito que se me vea bien’. Recordé la vieja fábula del ciego que caminaba de noche con unas pajuelas encendidas, no para alumbrarse sino para que lo distinguieran en la oscuridad.

Entonces lo vi acercarse a él. Un hombre maduro, entre los cincuenta y los sesenta. Algo metido en carnes, no muy alto, con ropa de trabajo, con una sobada bolsa a la que difícilmente se le podría llamar de deporte. En resumen, con todo el aspecto de un trabajador manual que va o regresa de su tarea. Si hubiera estado aquella madrugada en la parada del autobús, respondería fielmente al prototipo que se habían fijado los asesinos del crimen del rol. ‘Perdone, ¿sabe si por aquí hay una parada del X?’. ‘Sí a unos 200 metros más adelante’, dijo volviéndose hacia la dirección de donde venía. ‘Al doblar la esquina de la calle Ñ, ahí está’. ‘¿Ves qué fácil, en unos minutos te dejo en la parada’, le dije a mi acompañante que recobraba la serenidad en su expresión. ‘Déjelo usted’, me dice el hombre “regordete” pero nada “estúpido”. ‘Yo la acompaño porque allí hay varias paradas y no se vayan a liar. Yo he terminado la faena por hoy y no tengo prisa por llegar a mi casa’. ‘Pues muchas gracias. Te dejo con este amigo, preciosa’.

El hombre dio media vuelta para deshacer el camino que ya tenía andado y yo deposité en su brazo la mano de mi cieguita, como quien entrega una bandeja de pastelillos para que no se estropeen. Ella se dejó hacer, me dijo simplemente ‘gracias’ y los vi alejarse, el hombre regordete y la menuda muchacha vestida de rojo.

Ni buena obra, ni narices. Simplemente vivimos en una sociedad en la que es raro que alguna vez no necesitemos unos de otros. Negar una ayuda tan obvia sería de una vileza tras la que no podríamos seguir llamándonos humanos.

4 comentarios:

Lister dijo...

Hola Pedro, que curiosa tu asociacion, digo el recordar el perfil del señor gordito, normal corriente y moliente de cincuentaytantos, con el pobre señor aquel victima de aquellos locos del juego de Rol, si tenia ese mismo perfil, yo creo que la caracteristica que midieron aquellos malnacidos fueron sus rasgos inofensivos, luego se hicieron los orates ante el juez, pero bien que supieron elegir al cordero.
Respecto a la cortesia y la humanidad, soy un fiel practicante, aunque luego las paso moradas por vergüenza, digo el ceder el asiento a una persona mayor, embarazada o con una discapacidad, la gente parece que te esta diciendo.."Sera primo el tio ese".
Mi difunta abuela materna era sardinera de las que llevaban la pesca desde Santuce a Bilbao, y luego fue lotera, tenia mucha raza, no se perdia una final del Athletic y podia jurar en arameo, que no se libraba ningun santo a cien kilometros a la redonda, pues no se cortaba en llamar gandul y cojonazos a aquel que no se levantara para ceder el asiento, pobrecito si rechistaba. Los tiempos estan cambiando que diria Boby, hoy en dia vamos como peaton escamado, que todo le suena a bocina, ¿Y si es una picadora carterista haciendose la cieguita, y me levanta la pelleja? ¿Y si es...? solo somos seres humanos, estoy contigo amigo.

Un abrazo

Pedro Giraldo dijo...

Verás, es que no hace mucho vi en la TVA una especie de recreación del crimen. Los muy hideputas se consideraban seres superiores y un hombre de mediana edad, regordete y con pinta de currante lo consideraban una basura que se podía matar, como quien le da una patada a un bote vacío de refresco.

La chica del suceso, a los que siempre añado alguna pincelada literaria, era tan clarísimamente ciega que yo, un desconfiado no creas, no tuve la menor duda.

El mérito estuvo en el hombre, que seguramente tras un madrugón y siete u ocho horas de doblarla, no se limitó a indicarnos por donde teníamos que ir, sino que cansado y todo, volvio sobre sus pasos para acompañar a la chica. Yo hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar. Él tuvo un verdadero gesto de solidaridad.

Sigue así, amigo. No somos ni dos ni tres los que cedemos un asiento, o el lado preferente al caminar aunque nos corresponda o se agacha a coger algo que se cae al suelo. Gracias a estas pequeñas cosas, el mundo es una milmillonésima más vivible. Quien piense que eres un pringao por algo de esto, es que tiene callos en el cerebro. Que le den muy mucho.

Me describes a tu abuela de manera, que desde este moemnto, aunque ya no esté aquí, la nombro abuela adoptiva mía también.

Un abrazo fuertote.

Alfonso Pinto dijo...

No podría estar más de acuerdo con este perfil que se tacha de persona solidaria cuando debería ser la norma. A pesar de eso sorprende, e incluso asusta, oir a mi hermana madrileña decir que en el sur da gloria ver estos gestos porque en su tierra natal ni se huelen. ¿Seremos un último resquicio de las sociedades en las que aún existe la personalidad en las relaciones? Creo que inevitablemente vamos rumbo a ser una masa más de autómatas individuales, mientras demostremos que existe otras formas. Abrazos para los dos

Pedro Giraldo dijo...

No sabría calcular, Alfonso, si a tu edad, recuerdas aquel anuncio de la tónica. Venía decir algo así como 'Es que no la has probado lo suficiente'. Como la cerveza o el tabaco: las primeras veces puede resultar raro.

Creo que conozco lo suficiente de Madrid, los Madriles, nunca mejor dicho cuando ahora el Gran Madrid incluye Móstoles o Getafe, Alcorcón o Pozuelo. Digamos que las prisas, ay, las prisas, el estrés permanente, el agobio, el temor, la rutina, una serie de circunstancias que deshumanizan un poco, crea una cubierta, como una costra tras la que guarecerse, que se parece a la lija.

No obstante si la acaricias con ternura y un poquito de paciencia, se desprende ese material áspero y aparece el fondo, mucho más suave y comparable al de cualquier otro sitio. Por ejemplo, el camarero te aborda con un escueto '¡dime!', pero si le pillas luego en un par de segundos de relax y le dices una frase medianamente afectiva, es más que posible que baje esa guardia de gato arisco.

También puedes caer con un erizo que va muy quemado que piense que eres un moña y te conteste con un bufido. Pues, adiós, ha fallado esta vez, pero sigue intentándolo. Que el mundo sea un poquito más habitable depende un poco de lo que cada uno pone de su parte.

Abrazos para los dos.