miércoles, 16 de abril de 2008

Tabaquerías

No siempre está el horno para bollos, o la Magdalena para tafetanes, como tanto le gustó a mi apreciada amiga. Mi afición es más bien contemplativa y prefiero atender más al paisaje humano que al urbano. Pero a veces se te cruza en ese paisaje de personas y personajes algún espécimen que te revuelve el estómago. Fue ayer y casi coincidentes. Con los cual se produjo un efecto sinérgico, esto es, cuando uno más uno suma tres o cuatro. Veamos.

Todos tenemos vicios y virtudes, cualidades y defectos. Entre estos últimos acaudalo varios cientos y uno de los más inocentes es leer por la calle. Si compro el periódico o me alargan un gratuito, me falta tiempo para hojearlo/ojearlo pero caigo en la tentación de engancharme en alguna cosa que me llama la atención. Las cuestiones de las subprime me afectan pero no me conmueven. Las politiquerías también me afectan pero es como el ruido del tráfico, que se sabe que es un mal necesario y termina uno tragando el humo porque no le queda otro remedio. Pero salta en cualquier página algo que llama la atención y allí me embebo. No soy tan irresponsable de jugarme la vida en la calle desatendiendo mis obligaciones de peatón, pero levanto la vista y me cercioro de que puedo caminar diez o quince metros sin atropellar a nadie o pisar en blando. Cuando tengo que cruzar, localizo el paso de cebra y a él me acerco, esperando que no haya depredadores al volante.

Pero mira por donde, ayer me tocó uno. En una esquina, paso por encima de las rayas blancas y a mitad del recorrido se acerca ligerito un no tan joven que se encuentra de pronto con mi cansina figura delante de su morro. Tuvo que frenar, claro, y se ve que se asustó. Pero lo incongruente fue su reacción: tocó su claxon con furia y me espetó ‘Vete a pasear al parque’, añadiendo alguna palabra poco delicada para mis familiares. El tipo, no tan joven, repito, llevaba el chunda-chunda de la radio a todo trapo, el cigarrillo en la boca y no le vi el cinturón de seguridad cruzándole el pecho. ¿Me agacho y le ladro a todo perro que me ladre al pasar? Ignoré a semejante zoquete, que arrancó chillando rueda en cuanto se convenció que no me corneaba por los aires.

Pero unas horas más tarde, en un programa que sigo viendo en la tele, a pesar de su evidente decadencia, observo algo que me resulta también chocante cuando menos. El viejo presentador, con quien compartía frecuentemente unos kilómetros de ferrobús, cuando yo aún no cumplía los veinte y él unos pocos más, es, seguramente sigue siendo, adicto al tabaco, allá él. Durante bastante tiempo el cigarrillo le acompañaba en sus entrevistas, pero la ley antitabaco, una de las pocas cosas con las que estoy de acuerdo empezando por anti-, se lo impide ya. Ayer, porque no estaba prestándole mucha atención, levanto la cabeza y me sorprendo porque deduzco que vuelve a fumar ante la cámara. Un delgado hilo de humo azul cruza por la pantalla y lo primero que pienso es que se está jugando el tipo con su tozudez. Cuando averiguo el verdadero origen de esa columnilla de humo, casi me irrito aún más. Procede de un palito aromático que se quema encima de la rebuscada mesa. Está claro que ni entrevistador ni entrevistado están fumando, pero para ‘dar ambiente’, ese palito aromático sustituye al cigarrillo, con el mensaje subliminal de que es bueno que el humo acompañe a la conversación, de que la hace más entrañable y relajada.

A mis años, cuando presumo de haber sido fumador bastante tiempo, pero también hace un buen puñado de siglos que no enveneno mi organismo, y que además suelo definirme como un no fumador tolerante, me vuelve intolerante esa provocación, ese amaño, ese subterfugio. Está claro que nadie le hará desistir de que encienda su palito en la pantalla, eso no está prohibido en ningún sitio, pero está enviando un mensaje implícito sobre las bondades del tabaco que hará que más de uno y de cien espectadores, enciendan su cigarrito. Me subleva además que esto ocurra en una cadena pública, a cuya financiación contribuyo, pues mientras haya mensajes encubiertos de este tipo, de poco valdrá que salgan anuncios disuasorios, que las cajetillas tengan su leyenda de enfermedad y muerte, que diserten personas de relieve exponiendo los peligros del fumeque. Alguien con gancho les está invitando a lo contrario. Solo faltaba que reciba un incentivo, léase pasta flora, de las tabaqueras.

2 comentarios:

Emilia dijo...

Los cornudos de frenada repentina, altavoces al máximo y descaro malhumorado son numerosos. Pero son inevitables, porque la serpiente se muerde la cola: el eexcesivo ruido les excita, la excitación les lleva a manejar el coche como un bate de béisbol con el que andar amenazando y el descaro y la mala le... nacen de esa excitación inútil. Si, al menos, se excitaran sexualmente. Pero en ese sentido son frígidos...
Y en cuanto al incienso, ¡hombre!, mejor eso que el cigarrillo. Y además propiciaríamos ambientes limpios y bienolientes. Que también los malos olores son irritantes.

Pedro Giraldo dijo...

No te voy a decir que somos almas gemelas, Emilia, porque sonaría a..., bueno no sé cómo sonaría. Pero en esto que dices de entrada coincidimos al 101%. Escribo articulillos de divulgación médica en un casi gratuito y tengo ya la estructura de uno sobre la contaminación acústica.

Lo de la frigidez que mencionas, es un punto del que no tengo constancia, pero me temo que sea más que probable. No me extraña que estos garañones, a la hora de la verdad, fallen más que una escopetilla de feria.

En cuanto a lo del palito, no sé, no sé. (En muchos temas el tamaño de mis dudas es infinitamente mayor que el de mis certezas). Desde luego ese humo aromático no hace ningún daño que se sepa; al menos que los muy cortitos, capten el mensaje subliminal que sugiero y compulsivamente enciendan el pitillito. Obligando a sus convivientes no fumadores, a serlo de forma pasiva.