lunes, 31 de marzo de 2008

Bouganvillas

Imaginen a una joven mujer con los treinta años casi recién cumplidos. Es ya madre de dos polluelos entre los ocho y los once años. Vive en una vieja casa, sin estilo arquitectónico definido de más de cien años construida. Algunos de sus muros tienen casi un metro de grosor y son de tapial, como el castillo de Niebla. Esto es: en su día armaban una especie de encofrado con tablones de madera y en él se apisonaba tierra común, que se endurecía con agua y si acaso con un pequeño añadido de cal. Esta misma cal que la blanqueó a lo largo de más de un siglo y fue añadiéndole consistencia. Sus vigas eran gruesos palos de madera vista con un entablillado superior que las aislaba de las tejas exteriores.

Era casa con suelo de ladrillo sin desbastar, de portales asimétricos y con una distribución poco funcional: espacios de zaguán, recibidor, comedor y galería de amplia superficie y habitaciones más pequeñas que grandes, aisladas de los sonidos de la calle y medianamente oscuras. Las puertas de estos dormitorios eran desiguales en forma y tamaño y se abrillantaban con un barniz de trementina que la perfumaban a su manera. Los muebles se heredaban de generación en generación: sillas de rejilla, mecedoras a juego, una consola con placa de mármol bajo un espejo de cornucopia de buen azogue. Sobre el mármol, pequeños peroles, braseros, trébedes y velones de bronce que había que abrillantar con una gamuza de tanto en tanto.

Tiene la casa patio y corral, separados por una cancela que impide que los animales de este último lleguen hasta el patio, todo él bordeado de arriates donde crecen sencillos geranios y algunas plantas de verde humilde y perenne. En un rincón del patio hay un pozo profundo del que se obtiene el agua con un carrillo –así llaman a su polea- y a este se enrosca una larga soga de la que cuelga una cubeta cilíndrica. Cerca de la cristalera que da luz y sol a la casa, crece un limonero al que de tarde en tarde viene a posarse un chamariz. Le llaman el pajarito del agua porque parece que su visita precede a la lluvia.

La mujer tiene un pequeño capricho desde hace tiempo. Una buganvilla que, en el rincón frente al pozo, le dé color y alegría a la vieja tapia. Pero no la quiere de púrpura apagada como otras que conoce, sino de un granate vivo y alegre que ha visto una vez. Un día la sorprende su marido con un plantón de esa buganvilla que ha mandado a traer de lejos. Allí se convierte en una espigada promesa que va creciendo.

Pero la mujer no va a verla frondosa. Poco después de nacer la niña que tanto deseaba, su corazón que estaba débil desde la infancia, se descompensa y galopa sin ritmo, desacompasado, con esfuerzo y es inútil la visita del médico y los remedios de la botica, los viajes a la capital buscando la ayuda de los sabios profesores que enseñan medicina y acomete una larga agonía en su cama, la misma donde ha parido tres veces, y a cuyo cabecero han tenido que plantar unas balas enormes de oxígeno que terminan no aliviándole la angustia de su respiración estertorosa. Una noche de enero la sume en la tristeza de contemplar cómo se apaga la luz aunque está encendida y anhela, sin conseguirlo, ver un amanecer al que no llega con vida.

En mi patio, hace ya un puñado de años sembré, no una sino dos buganvillas de la misma color y hoy son la alegría de mi tapia y de mi calle. Tengo que empuñar la tijera de vez en cuando porque son tan frondosas que se desparraman con generosidad queriendo abarcarlo todo. Tienen agudas espinas en sus ramas y es difícil que salga de mi batalla con ellas, sin que mis manos o mis brazos no se tiñan de algún surco de sangre que tiene idéntico color que sus flores. Ahora en primavera son una explosión de colores, verde y granate, y su visión me trae muchos días el recuerdo de aquella joven mujer que no vio crecer la suya. Han pasado más de cincuenta años y a veces se me desdibuja un poco cómo era su rostro o su forma de caminar, pero no el tono de su voz cuando me decía palabras amorosas. Era mi madre.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque sea sólo de forma parcial por los cambios producidos con el tiempo, es inmensamente agradable escuchar la descripción de un lugar y poder darle forma añadiéndo pedazos de memoria. Incluso siento una importante sacudida de añoranza recordando otros rincones especiales para mí, como son la despensa con su eterna luz amarilla, la cortinilla que daba al patio, la habitación de chismes con los cómics del tito o la alacena con el cola cao perfectamente localizado. A pesar de mi corta edad podré decir en un futuro al estilo batallitas que "yo conocí la puerta falsa" y que conservo un poster "cristiano-progresista" que habitó en esa casa y que tiene cuarenta años. En cuanto a esa mujer amante de las bouganvillas, diré que casi le heredo el nombre y que a cambio le rindo homenaje en mi pseudónimo desde hace tiempo. Es muy cierto que las personas están presentes si se las conserva en la memoria y ésta pasa por encima de las generaciones.

Alfonso Pinto

Pedro Giraldo dijo...

Muy bien, don Alfonso, pero no le ponga un nudo en la garganta al pobre escribidor, que bastante carga tiene ya con su mochila repleta de nostalgias.

Gracias por sus bellas palabras. Dichosa la rama.